Obviamente el sentido por el que Karin y yo nos casamos siempre lo tenemos muy claro en cuanto a ideales y criterios, y la defensa de la vida era, es, y será prioritaria en nuestra familia. Tener hijos para educarlos en la Fe es objetivo importantísimo de nuestro matrimonio.
Pero también es cierto que la llegada del primer niño estaba planificada para dentro de unos meses después. Por eso, cuando nos enteramos de que yá eramos padres (es decir: que Karincita estaba gestando) una mezcla de sensaciones nos invadió: sorpresa, alegría, temor, confusiones y certezas, etc. Digo esto sin ambages, pues no hay nada malo en el asunto, y lo explico.
En la mente y el corazón tenemos claro que nuestra felicidad es el Plan de Dios, lo que nos lleva a buscarlo y cumplirlo, con generosidad, alegría y empeño. Eso es claro. Pero también nosotros nos hacemos planes, de acuerdo a nuestras espectativas; y mientras no haya nada inmoral ni plano en estos planes nuestros, pues no hay problema. El problema se da cuando nuestros planes y los de Dios Bueno no coinciden. Es ahí cuando se pone a prueba nuestra fe, es ahí ("cuando las papas queman") que se ve quién le cree a Dios y quién lo ama.
Esa experiencia tuvimos Karin y yo al enterarnos de la existencia de nuestro(a) pequeñín: nuestros planes y los de Dios coincidían en la llegada del nuevo ser, pero discrepaban en el momento. Nosotros lo planificamos para después por temas fundamentalmente laborales, asuntos que debían resolverse dentro de unos pocos meses. Por eso es que se mezclaron las sensaciones: fundamentalmente un "¿Ya? ¿Tan pronto?", al que se le sobrepuso la alegría inmensa que es traer un niño a la vida. Y esto es muy claro: ¡Karin y yo estamos muy felices por ser ya padres! Nos quedamos perplejos ante la bondad de Dios. ¡Él nos está permitiendo ayudarlo a crear vida! Nos está confiando la crianza de una nueva persona, nos confía sus valores morales, su psicología, su entorno, su relación inicial con Él, su discernimiento profesional y vocacional, etc.
Por todo esto ambos necesitamos ser más santos. Necesitamos que nuestros hijos vean padres cristianos auténticos. La llegada del nuevo ser es un llamado a ser más personas, más humanos y mejores cristianos. Queremos darle lo mejor a nuestro(a) pequeño(a), y para eso necesitamos estar más cerca del Señor, con el esfuerzo que esto conlleva.
Parte de la preocupación natural en todo esto es lo de los bienes temporales (el dinero). Y Karin y yo tenemos la convicción de que Dios nunca nos abandonará. Lo dice el Evangelio y nuestra experiencia: ¿alguna vez nos ha abandonado? No sabemos cómo será nuestra vida como padres, pero sabemos perfectamente que Dios nos ayudará y guiará, como lo viene haciendo ya. La protección y los cuidados de Santa María y su Casto Esposo se sienten fuertes y claros.
Además de los cuidados divinos y de los santos que ya están en la Meta, están otros cuidados importantísimos para nosotros: nuestros familiares y amigos. Si algo caracteriza nuestra vida en los últimos tiempos es que tenemos más y mejores amigos, y es increíble cómo se entusiasman al hablar de nuestro bebé. No dudamos que, como hasta ahora, estarán siempre para ayudarnos cuando nazca este primer bebé, pues las amistades que nos rodean soy muy serviciales y buenos, y nosotros dos queremos estar siempre a la altura de tanta bondad.
La experiencia de paternidad la estamos asimilando progresivamente. Inicialmente nos sorprendimos, pues no sabíamos lo que es gestar a un niño. Y aquí explicito algo: el embarazo es de ambos cónyuges. Pero inicialmente esta asimilación es racional. Poco a poco, según las características de cada persona, va bajando al corazón y los afectos. Para nosotros dos un hito en esto fueron la primera y la segunda ecografías. En la primera Karin se emocionó más, pues, como ella decía, aún no sentía la presencia del bebé (recién eran unos días y medía 12 milímetros); pero al verlo en pantalla la emoción fue grande y caló. A mí me pasó casi igual con la segunda ecografía, en la que vimos al niño moviéndose en el vientre de mi esposa. Comparto que allí me emocioné en grande por primera vez: ¡mi hijo se movía! Ahora anhelamos que nazca y poder besarlo. Es hermoso poner mi mano en la barriguita de Karin y sentir los movimientos y latidos del bebe. ¡Misterio tan hermoso el de la vida!
Otra faceta muy importante que sale más a la luz con el embarazo y que no quiero dejar de mencionar, es la necesidad de cuidar nuestros trabajos. Quienes tenemos la bendición de tener uno debemos ser responsables y muy diligentes para progresar día a día (asantificándonos) en nuestro ámbito laboral.
En todo esto nos descubrimos como una referencia directa a quienes siguen nuestros pasos. Me refiero a las personas del barrio (el Centro Apostólico) que anhelan vivir el matrimonio. Nos sabemos observados, y nos sabemos vasijas de barro, pero vasijas que desean hacer las cosas bien, para gloria del Señor y ejemplo a nuestros hermanos menores en la fe.
Que Dios y la Madre nos bendigan a todos y nos ayuden a ser santos en todas las facetas de nuestras vidas, incluyendo la paternidad.
miércoles, febrero 09, 2005
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario