martes, febrero 22, 2005

01 - El tránsito de mi amiga Roxana - Noviembre 2003

Hace pocos días una noticia me estremeció como pocas: mi buena amiga Roxanita Altamirano había fallecido. No fue una sorpresa, pues era conocido el delicado estado de su cuerpo, pero recibir aquella mañana la noticia de que en la madrugada había partido fue un golpe. Quienes la acompañábamos en su enfermedad nos preparábamos para esa posibilidad, pero siempre la separación de una persona querida es un momento doloroso.

Gracias a Dios la Fe nos da las respuestas verdaderas y esperanzadoras para entender estas situaciones. Sin las verdades reveladas por Dios Bueno todo sería absurdo, y la partida de mi amiga habría sido una experiencia llena de dolor, amargura, y frustración. Sabemos –sé– que Roxanita está en la meta, está con el Señor, con la compañía de nuestra Madre, está cara a cara con El Amor; tenemos desde ahora una intercesora más en el Cielo, que nos va a ayudar y cuidar en todo lo que pueda.

Al dolor inicial le sobrepasa la alegría y serena paz de saber que mi querida amiga vive ya la plenitud del amor. Confío en que, con la gracia de Dios y mi esfuerzo, cuando me llegue a mí el momento del tránsito me reencontraré con ella, con Germán, con mi papá, y con toda la gente cercana y querida que ha partido y que partirá a la Casa del Padre.

Y el recordar a Roxana es una fuente de ejemplos y virtudes a imitar. Conozco a La Señora (como a mí me gustaba llamarla) desde que yo me vinculé a la Familia Sodálite, en diciembre de 1991. Ella ya estaba agrupada, pues, si la memoria no me engaña, fue de la primera agrupación femenina de este Centro. Poco a poco nos hicimos amigos, y vivimos una bonita, sincera, y transparente amistad. Los agrupados mayores de este Centro sabemos lo sencillo y agradable que era tener una conversación fraterna con ella.

Mis recuerdos de ella tienen siempre como telón de fondo su alegría y su sentido del humor. Roxana siempre estaba contenta; si se le veía preocupada, le duraba poco, pues siempre fue muy optimista, y nos contagiaba su optimismo. Confiaba mucho en el Señor, pues le creía. Esta confianza animaba sus decisiones y sus actos, hasta el final.

Otro rasgo edificante de su vida fue su diligencia. No era de las personas que dejan todo para después. Su apostolado, su servicio, sus estudios, la vivencia de su vocación, etc., los realizó con responsabilidad, poniendo los medios adecuados para el objetivo. Dicho de otra manera: siempre puso manos a la obra.

Cómo no recordar su generosidad para el servicio. Muchas personas nos hemos beneficiado con los favores que nos hizo. Con su carrera –pero no sólo con ella– ayudó a quienes la necesitamos. Mi familia recibió su ayuda y preocupación cuando tuvimos unos problemas y dudas con la casa que compramos, y ella le dedicó horas a aliviar a mi madre en ese tema. El Centro Apostólico y nuestras parroquias sodálites son grandes testigos de los servicios prestados con prontitud por Roxana. Y ésos son sólo las instancias de las que yo puedo dar fe; ¿cuántas más personas e instituciones habrán sido aliviadas por los favores de Roxanita Altamirano?

Cristiana comprometida, siempre se preocupó por el apostolado. La he visto (en el Centro) participar de muchas iniciativas apostólicas. Solía preocuparse por que las agrupaciones caminen bien (las de mujeres y las de hombres). Las responsabilidades que se le encomendaban las sacaba adelante, con caídas y golpes algunas veces, pero con la actitud responsable de que todo salga bien para el apostolado. Tuvo un particular interés por la vida cristiana de su familia.

Llama también mi atención la fidelidad que tuvo mi amiga a lo que descubría como Plan de Dios. La conocí agrupada, la vi descubrir y entusiasmarse con su vocación al matrimonio, la vi casarse y pertenecer a Familia de Nazaret. En fin, la vi ser fiel a su llamado; la vi siempre en donde tenía que estar. Hace años nuestro Centro vivió una coyuntura peculiarmente difícil para las agrupaciones femeninas, y la vi ser un baluarte firme y fiel para todos.

La vida de Roxana Luz estuvo marcada por la pertenencia al MVC. Pienso que encarnó las virtudes cristianas desde nuestra espiritualidad sodálite. Conociéndola me atrevo a decir que hizo realidad en su ser la espiritualidad de la vida cotidiana. Martín, su esposo, dijo la tarde del sepelio que ella no hizo nada extraordinario en su vida, sino que hizo lo normal. Pero con la diferencia de que todo lo que emprendía lo hacía preguntándole al Señor si estaba bien. Respaldo plenamente esa afirmación. Es para mí, y creo que para muchos, una prueba de que sí se puede ser santos hoy. Se puede vivir lo ordinario de manera extraordinaria. Se puede amar hasta el extremo.


La gran cantidad de personas que acudieron a su velorio, a la misa de cuerpo presente, y a su sepelio, hablan de lo querida que fue. De cómo ella significó y significa mucho para muchos. Estoy seguro de que a todas las personas a las que trató les transmitió de alguna manera, directa o indirecta, el Evangelio del Señor. Ella era así.


Pienso que el tránsito de Roxana debe ser para todos nosotros un llamado a la santidad. Tenemos un ejemplo cercano de que la fidelidad al Plan de Dios es posible. Y digo que es un ejemplo cercano porque lo es: para quienes vivimos en El Barrio era nuestra vecina; fue agrupada mariana muchos años en Cristo Reconciliador, estudió una carrera, trabajó, se enamoró, se comprometió, se casó, tuvo una niña. En fin, vivió como cualquiera de nosotros. Imitemos, pues, siempre, su opción por la santidad. Su partida me dice que no sabemos ni el día ni la hora en que el Señor nos llamará a su presencia, y que por ello debemos estar siempre listos.

Quienes conocimos y tratamos a Roxana Altamirano mantengamos viva su memoria y honrémosla siendo fieles al Plan de Dios. Y quienes no la conocieron, créanme: fue una amiga muy buena y noble, con la camiseta de la Iglesia y del MVC bien puesta.

Que Cristo Victorioso y los cuidados de Santa María nos hagan arder de amor.


Lima, noviembre 2003


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