El dos de enero de 1992 fue mi primera reunión de agrupación. Fue en el C.P. "de San Borja" porque en Cristo Reconciliador no teníamos ni C.P. ni capilla. Si no me quivoco, la reunión fue a las 4 p.m. El Animador era Oscar Osterling, que estaba a unas semanas de irse a San Bartolo.
Éramos 5 en el grupo y hoy quedamos 3, entre ellos el buen Próspero.
Yo tenía 17 años de edad y acababa de descubrir que seguir a Cristo el Señor era lo único que le daba sentido a mi vida. Y descubrí también que seguirlo en la Familia Sodálite era lo mejor para mí. Ciertamente me enamoré del ideal cristiano y también del MVC y el SCV.
Así empecé a recorrer un camino hermoso, tratando de acercarme cada vez más al Señor. El amor y cercanía a María Santísima fueron también aumentando y su presencia la descubro a diario porque ella es muy buena.
Con el MVC aprendí a rezar, a estudiar la Fe, a razonar mejor, a dialogar, a hacer ejercicios, a comportarme, a participar mejor de los sacramentos (especialmente la Eucaristía), a cantar, a trabajar, a divertirme, a hacer apostolado, a superar mis miedos, a confiar en Dios y en los amigos, a ayudar a otros, a organizar actividades, a ser ambicioso (sanamente), y un largo etcétera. Todo esto de la mano de Dios, de Santa María y de los hermanos.
Uno tiende a pensar que todo tiempo pasado fue mejor, pero en mi caso no es tan cierto. Antes yo disponía de mayor tiempo para las actividades apostólicas. Hoy, a cargo de una familia, el tiempo disponible se reduce, pero no la actitud. Yo deseo participar de la mejor manera en cuanta actividad apostólica sea posible, y le pido a Dios que me permita hacerlo, que me permita ser por siempre parte activa de la Familia espiritual, ahora con mi esposa y mi hija. Con los años me he vuelto más reflexivo y pienso poner ese talento al servicio de Dios.
Dios también me ha permitido en estos años ver muchas cosas en la Familia Sodálite. Me ha permitido conocer al Fundador, hacer grandes amigos, ver las grandes conquistas, ver y sufrir los grandes golpes, y pienso que todo es por algo, y ese algo es mi santidad, mi mayor acercamiento al Amor. Dios no permite nada que no me acerque más a Él desde mi debilidad. Y a propósito de debilidad, sé que tengo muchas, y sé que, por esos misterios del amor divino, ellas no le han ganado a mi amor a Dios. O mejor dicho: al amor de Dios por mí. ¡Bendito sea el sacramento de la Reconciliación! Hoy experimento fragilidades nuevas que me empujan a la tristeza. Le pido a Dios que aleje de mí a esas tentaciones y que me conceda triunfar con su ayuda. Todo es parte de la vida de un cristiano, en este caso: de un emevecista.
Pueden cambiar muchas cosas, pero el amor al Dulce Jesús y mi identidad y misión emevecistas no. Eso espero y le pido a Dios. Si alguien lee esto, pídaselo también por favor.
Con el tiempo veo que en estos años he hecho, por bondad de Dios, cosas grandes y buenas. Y veo también que he metido la pata muchas veces. A Dios le doy gracias por lo primero y le pido perdón por lo segundo, es parte de la vida.
Empecé como Agrupado Mariano y ahora soy miembro de Familia de Nazaret, realidades distintas pero igual de hermosas.
Estos 20 años me llevan a pensar y a actuar. A tomar decisiones concretas con espíritu positivo. El SCV acaba de cumplir 40 años y la refexión va en la misma línea.
Me gustaría escribir más cosas que hay en el corazón pero el tiempo es corto. A Dios y a Santa María les pido me permitan ser fiel hasta el fin. Que me acerquen más a ellos y me concedan transmitir a más personas la gran dicha de ser cristiano. ¡Bendito sea Dios! ¡Gracias por el MVC y por haberme llamado a él!
lunes, enero 02, 2012
sábado, junio 24, 2006
05 - Dolor y Alegría: unidos y constantes - Junio 2006
No me cabe duda de que la vida toda es una pedagogía divina continua, en la que Dios Amor nos enseña a sus hijos y a la Creación toda cómo realizarnos, cómo vivir aquello para lo que existimos. Y esta pedagogía tiene muchos momentos silenciosos y tenues, cotidianos, y tiene situaciones fuertes y especiales. En todos los casos debemos tener las “antenas” del espíritu y de la razón muy atentas para entender qué nos está diciendo el Señor. Unas veces es más difícil que otras entender los designios amorosos de Dios, pero con la ayuda de Santa María podemos acercarnos a ellos, y a partir de ahí vivir mejor nuestra vida cristiana. Me parece muy importante, vital, tener siempre esa actitud.
Hace unas semanas mis familias* y yo hemos sido sacudidos por una ráfaga de acontecimientos y emociones muy intensos y de diversa naturaleza. Hechos que han remecido y siguen remeciendo nuestras vidas muy fuertemente. De ellos estamos aprendiendo muchas cosas. La constante es el dolor y la alegría, que siempre van uno junto a la otra; eso nos queda clarísimo.
Esta sucesión de hechos comienza con el tránsito de mi suegro. Dios lo llamó a su presencia, y nos sorprendió a todos, nos desgarró a todos. Don Benjamín estaba enfermo desde hacía meses, y su salud pasaba por picos altos y bajos, pero nadie esperaba que falleciera tan pronto, y lo que ello desencadenó ha sido abundante.
La mañana del Domingo Día del Padre me enteré de que mi suegro había sido llevado en ambulancia al hospital. Mi esposa estaba en su trabajo, y enterarse de eso la preocupó, y pidió permiso para ir a verlo. Yo la recogería para ir juntos. Un par de horas después recibí una llamada que me congeló: mi cuñada** me decía llorando como una niña que su papá había fallecido, y me colgó el teléfono. Momento dolorosísimo, ¿y cómo decírselo a mi Karin, estando ella gestando ya 8 meses, y sabiendo lo angustiada que estaba por su padre? Estando en el carro, a pocos minutos de llegar a su trabajo, ella me llama sollozando dándome la noticia que ya yo conocía y que se adelantaron en darle.
La encontré en su oficina rodeada por sus compañeros y sus jefes que trataban de consolarla. Al verme llegar nos dejaron solos, y le dije, conteniendo las lágrimas, lo que había ido ensayando en el carro. Creo que más efectiva que mis palabras fue la fortaleza que ella tiene, pues supo guardar siempre la compostura en medio del dolor.
Y empezó a mostrarse aquí algo que nos acompañaría siempre: la ternura de Dios expresada en la gente que nos rodea. El primer gesto de ternura que presenciamos fue la solidaridad de los compañeros de trabajo de Karin que le dieron todas las facilidades logísticas posibles: días de descanso, movilidad por cuenta de la empresa, etc., junto a muchas palabras y abrazos de consuelo.
Luego, en el hospital, siguieron las escenas de comprensible dolor, que se expresaron también en el velorio y en el sepelio. Pero junto a todo este dolor, yo buscaba expresiones de serena alegría, y las encontraba en algunos hechos:
- Dios Bueno se llevó a mi suegro un Domingo, Día de su Hijo, de su gloriosa resurrección.
- Dios Amor invitaba a Don Benjamín a pasar con Él el Día del Padre, poniendo así fin a sus sufrimientos y limitaciones.
- Los amigos de la familia se acercaban a toda hora a expresar su cercanía. También los compañeros de trabajo de Karin y Kenny, los compañeros de estudio de los tres hermanos, los vecinos de la familia. Y ni hablar de la Familia Espiritual Sodálite.
- En medio de todo, la familia se organizaba y unía para preparar unos funerales dignos.
- La paz y la esperanza iban esparciéndose en el ambiente.
El centro de mi atención en esos días era clarísimo: mi esposa embarazada. Tal como le conté después, yo hubiera querido tener una varita mágica, de ésas que usan los magos, para cambiar aquella realidad tan gris por una bonita, y transformar las lágrimas en sonrisas, pero la realidad es la realidad, y buscar negarla es absurdo. Y sólo la Fe que generosamente nos ha dado el Señor puede transformar el dolor en una experiencia de realización profunda. Me esforcé en acompañar a Karin en tan duro trance, y la vi mantenerse serena aunque destrozada interiormente. Desde entonces la admiro más, pues se esforzaba por impedir que el dolor del momento dañara a nuestra hija. La vi luchar, la vi caerse, la vi levantarse, la he visto ganarle a la tristeza (sin rehuirle). En fin ... Dios me concedió ver a mi esposa luchar y ganar esas batallas.
Reflexionando más adelante en la pregunta que San Pablo le hace a la Muerte, «¿En dónde está tu victoria?», creo que su triunfo podría estar en el dolor estéril y desconsolado que puede generar en los deudos de un fallecido. Pienso que si ante el tránsito de un ser querido una persona se deja abatir por el dolor, la muerte puede tener un triunfo eterno en esa persona. Pero ojo: ¡ya el Señor Jesús le ganó a la muerte! Ésta ha sido transformada de raíz, y sabemos ahora que hemos nacido para la vida, pero para la vida ETERNA. El Señor ha ganado para nosotros la guerra: ya no hay más muerte eterna. El pecado y la peor de sus consecuencias ya han sido vencidos, y a mí me parece importantísimo que todos hagamos todo lo posible para merecer la eternidad, y que cuando fallezca un ser querido, le ganemos al dolor con la confianza y la esperanza de saber que podemos encontrarnos en la eternidad gracias al Triunfo del Señor Jesús, que debemos hacer nuestro día a día.
Debo reconocer que, aunque lo mejor que podía hacer yo en esos momentos era ser instancia de fortaleza, serenidad, y visión sobrenatural para Karin y Kenny, verlas sufrir me desgarraba el corazón. En algunos momentos las dos lloraban a mi lado, y mi experiencia de dolor era enorme, pero no podía yo permitirme quebrarme. No por soberbia (eso de “los hombres no lloran” bien sabemos que carece de todo sentido) sino porque era lo mejor para ellas. Me sorprendí de haber conservado la cordura. Repito: verlas llorar me deshacía.
Los ajetreos logísticos de un acontecimiento de esta naturaleza son fuertes y eran motivo de más desgaste, pero ahí estaban Dios y Santa María ayudándonos a través de los familiares y amigos.
Gran alegría significó también para mí poder haber sido instrumento de la bondad de Dios para conseguir al sacerdote que celebró la Misa de Cuerpo Presente. Como dije, la ternura del Padre y la intercesión de la Madre se sentían en todo el ambiente.
Finalmente, comparto que le estoy muy agradecido a Dios Bueno, a la Madre, y a todos mis amigos por haberme dado el soporte que yo necesitaba para ayudar a mi familia política. Constaté que cuando me lo propongo puedo vivir y transmitir mucha fortaleza. Bendito sea Dios por haberme permitido aliviar en algo a la familia que él puso en mi camino, especialmente a Kenny (además de mi Karin, obviamente). Espero poder estar ahí cuando sea necesario.
(Creo que es innecesario detallar las escenas de dolor vividas en el velorio, en el sepelio, en la casa, etc. Eso quedará en nuestros recuerdos, no en este texto.)
Las naturales consecuencias de este tránsito se fueron mostrando a lo largo de los días, pero felizmente hemos ido saliendo de la crisis con resultados positivos de acercamiento al Señor y de unidad familiar, entre otros.
Luego, tan sólo 15 días después, llegó un acontecimiento diametralmente opuesto: el nacimiento de Daniela, nuestra esperada hija.
Desde que se difundió la noticia de la existencia de Danielita en el vientre de Karin, la atención de todos se centró en ella. Y la bondad del Señor se mostraba en los gestos de alegría y comunión de familiares y amigos. A mí me ha llamado mucho la atención el amor que le tienen muchas chicas emevecistas de nuestro Centro a mi Karin; cómo se alegran al verla, al hablarle, cómo se preocupan por la pequeñita, cómo se esmeran por atenderlas a ambas, etc.
Faltando poco para la fecha probable de parto se hicieron los tradicionales baby showers, uno en el trabajo de Karin y otro en casa de sus tías. El primero fue, a mi parecer, apoteósico, por los regalos, la organización, la gente, etc. El segundo fue austero y sobrio, pues la familia venía golpeada anímica y económicamente por el acontecimiento anterior, pero la unión y la solidaridad eran abundantes.
El nacimiento fue todo un acontecimiento. Cuántas visitas a la clínica, cuántos abrazos, cuántas visitas a casa, cuántas oraciones, cuántos regalos, etc. Los agrupados y agrupadas se pasaban por email la foto de nuestra recién nacida, en fin ... El ambiente se llenó de profunda alegría. Inclusive las amigas emevecistas les organizaron a madre e hija un tercer baby shower, lleno de alegría.
Repito que el ambiente se llenó de gozo. Daniela con su ternura, su carita, sus cachetes, ..., su vida en realidad, se robó el corazón y las atenciones de todos. Claro: la pena y el dolor por la ausencia de Don Benjamín estaban ahí, pero Dios había ido dándoles otra forma, más serena, esperanzada, y cristiana.
Daniela con su crecimiento diario nos inundaba de alegrías y sorpresas. Y también de quehaceres domésticos. Quiero resaltar la enorme ayuda anímica, logística y espiritual que significó para estos nuevos padres la presencia de dos personas en particular: Kenny y Mariela. Y las destaco no porque hayan sido las únicas en ayudar (me faltaría espacio para detallar las muy grandes ayudas de muchísimos, a quienes les debemos tanto), sino porque nos conmovieron con unos gestos en particular. Por ejemplo: la noche previa a salir de alta de la clínica se quedaron hasta la madrugada en nuestro departamento limpiándolo con mucho esmero y armando la cunita de la pequeña. Y detalles como ésos hay varios. Y siempre con alegría y desinterés. ¡La tristeza había sido aplastada!
Con el tiempo he ido viendo cómo la familia que Don Benjamín formó se ha hecho más sólida. Veo a todos sus miembros más maduros y fuertes. Incluso los veo más convertidos. Creo que Santa María ha forjado en sus corazones un amor fuerte y estable hacia el Dulce Jesús, pero, por supuesto, aún les falta mucho camino por recorrer (aunque no tanto como a mí).
Todas éstas son experiencias que atesoraremos en nuestras mentes y corazones.
Una de las cosas que me quedan claras con todo esto es que Dios sabe lo que hace. No es casualidad que al dolor tan grande del fallecimiento de mi suegro le siga muy pronto el nacimiento de nuestra primera hija. Si hasta los no creyentes o alejados de Dios se maravillan ante lo que ellos llaman “casualidad”, ¡cómo no regocijarnos nosotros en la ternura de Dios! La vida será siempre más alegre que la muerte. La vida siempre triunfa ante la muerte, la alegría ante el dolor.
El Creador en su pedagogía nos pone juntos al dolor y a la alegría***. No puede haber vida verdadera y eterna sin muerte; no hay Domingo de Resurrección sin Viernes Santo. Es absurdo huirle al sufrimiento; el Señor Jesús lo asumió y lo transformó, lo santificó. Es bueno sufrir, siempre y cuando sea de manera cristiana, ofreciendo nuestros pesares por amor a Jesús y a los hermanos. Y Dios en su sabiduría trocará nuestros dolores en alegrías enormes, ¡¿qué duda cabe?! El mundo le huye al dolor, ¡pobres! No saben lo valiosa y necesaria que es la cruz para nosotros, los seguidores del Resucitado.
Repito: Dios sabe lo que hace, y nosotros debemos buscar entender lo mejor posible qué es lo que Él hace para nosotros, y qué quiere de nosotros. Ahí está la respuesta a nuestras preguntas y anhelos. Ahí está la alegría. ¿Cómo vivir sin preguntarle a Dios para qué vivimos? ¿Cómo navegar sin brújula? Éstas son realidades que debemos vivir y transmitir a muchos para que se acerquen al Reconciliador. Y asumamos con visión de fe lo que nos toque sufrir. Que Él nos ayude a ser más santos.
=======================
* Cuando hablo de mis familias me refiero a dos: una es la que hemos formado Karin y yo al casarnos, incluyendo a nuestros parientes, unidos todos con lazos de sangre; y otra es la que ambos hemos formado con lazos espirituales entre nuestros amigos.
** Mi cuñada no es una pariente o una amiga más. Se ha convertido más bien en la hermana menor que biológicamente no tengo. Mi preocupación por su bienestar y felicidad es muy grande. Sus alegrías y sus tristezas son también mías. Bien podría yo escribir un artículo grande sobre ella (y quizás lo haga).
*** Luis Fernando ha publicado unas reflexiones muy útiles y hermosas sobre el tema: Alegría y Dolor. Reflexiones de Viernes Santo. También Germán lo aborda en un libro de publicación póstuma: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? Ambos imprescindibles.
Hace unas semanas mis familias* y yo hemos sido sacudidos por una ráfaga de acontecimientos y emociones muy intensos y de diversa naturaleza. Hechos que han remecido y siguen remeciendo nuestras vidas muy fuertemente. De ellos estamos aprendiendo muchas cosas. La constante es el dolor y la alegría, que siempre van uno junto a la otra; eso nos queda clarísimo.
Esta sucesión de hechos comienza con el tránsito de mi suegro. Dios lo llamó a su presencia, y nos sorprendió a todos, nos desgarró a todos. Don Benjamín estaba enfermo desde hacía meses, y su salud pasaba por picos altos y bajos, pero nadie esperaba que falleciera tan pronto, y lo que ello desencadenó ha sido abundante.
La mañana del Domingo Día del Padre me enteré de que mi suegro había sido llevado en ambulancia al hospital. Mi esposa estaba en su trabajo, y enterarse de eso la preocupó, y pidió permiso para ir a verlo. Yo la recogería para ir juntos. Un par de horas después recibí una llamada que me congeló: mi cuñada** me decía llorando como una niña que su papá había fallecido, y me colgó el teléfono. Momento dolorosísimo, ¿y cómo decírselo a mi Karin, estando ella gestando ya 8 meses, y sabiendo lo angustiada que estaba por su padre? Estando en el carro, a pocos minutos de llegar a su trabajo, ella me llama sollozando dándome la noticia que ya yo conocía y que se adelantaron en darle.
La encontré en su oficina rodeada por sus compañeros y sus jefes que trataban de consolarla. Al verme llegar nos dejaron solos, y le dije, conteniendo las lágrimas, lo que había ido ensayando en el carro. Creo que más efectiva que mis palabras fue la fortaleza que ella tiene, pues supo guardar siempre la compostura en medio del dolor.
Y empezó a mostrarse aquí algo que nos acompañaría siempre: la ternura de Dios expresada en la gente que nos rodea. El primer gesto de ternura que presenciamos fue la solidaridad de los compañeros de trabajo de Karin que le dieron todas las facilidades logísticas posibles: días de descanso, movilidad por cuenta de la empresa, etc., junto a muchas palabras y abrazos de consuelo.
Luego, en el hospital, siguieron las escenas de comprensible dolor, que se expresaron también en el velorio y en el sepelio. Pero junto a todo este dolor, yo buscaba expresiones de serena alegría, y las encontraba en algunos hechos:
- Dios Bueno se llevó a mi suegro un Domingo, Día de su Hijo, de su gloriosa resurrección.
- Dios Amor invitaba a Don Benjamín a pasar con Él el Día del Padre, poniendo así fin a sus sufrimientos y limitaciones.
- Los amigos de la familia se acercaban a toda hora a expresar su cercanía. También los compañeros de trabajo de Karin y Kenny, los compañeros de estudio de los tres hermanos, los vecinos de la familia. Y ni hablar de la Familia Espiritual Sodálite.
- En medio de todo, la familia se organizaba y unía para preparar unos funerales dignos.
- La paz y la esperanza iban esparciéndose en el ambiente.
El centro de mi atención en esos días era clarísimo: mi esposa embarazada. Tal como le conté después, yo hubiera querido tener una varita mágica, de ésas que usan los magos, para cambiar aquella realidad tan gris por una bonita, y transformar las lágrimas en sonrisas, pero la realidad es la realidad, y buscar negarla es absurdo. Y sólo la Fe que generosamente nos ha dado el Señor puede transformar el dolor en una experiencia de realización profunda. Me esforcé en acompañar a Karin en tan duro trance, y la vi mantenerse serena aunque destrozada interiormente. Desde entonces la admiro más, pues se esforzaba por impedir que el dolor del momento dañara a nuestra hija. La vi luchar, la vi caerse, la vi levantarse, la he visto ganarle a la tristeza (sin rehuirle). En fin ... Dios me concedió ver a mi esposa luchar y ganar esas batallas.
Reflexionando más adelante en la pregunta que San Pablo le hace a la Muerte, «¿En dónde está tu victoria?», creo que su triunfo podría estar en el dolor estéril y desconsolado que puede generar en los deudos de un fallecido. Pienso que si ante el tránsito de un ser querido una persona se deja abatir por el dolor, la muerte puede tener un triunfo eterno en esa persona. Pero ojo: ¡ya el Señor Jesús le ganó a la muerte! Ésta ha sido transformada de raíz, y sabemos ahora que hemos nacido para la vida, pero para la vida ETERNA. El Señor ha ganado para nosotros la guerra: ya no hay más muerte eterna. El pecado y la peor de sus consecuencias ya han sido vencidos, y a mí me parece importantísimo que todos hagamos todo lo posible para merecer la eternidad, y que cuando fallezca un ser querido, le ganemos al dolor con la confianza y la esperanza de saber que podemos encontrarnos en la eternidad gracias al Triunfo del Señor Jesús, que debemos hacer nuestro día a día.
Debo reconocer que, aunque lo mejor que podía hacer yo en esos momentos era ser instancia de fortaleza, serenidad, y visión sobrenatural para Karin y Kenny, verlas sufrir me desgarraba el corazón. En algunos momentos las dos lloraban a mi lado, y mi experiencia de dolor era enorme, pero no podía yo permitirme quebrarme. No por soberbia (eso de “los hombres no lloran” bien sabemos que carece de todo sentido) sino porque era lo mejor para ellas. Me sorprendí de haber conservado la cordura. Repito: verlas llorar me deshacía.
Los ajetreos logísticos de un acontecimiento de esta naturaleza son fuertes y eran motivo de más desgaste, pero ahí estaban Dios y Santa María ayudándonos a través de los familiares y amigos.
Gran alegría significó también para mí poder haber sido instrumento de la bondad de Dios para conseguir al sacerdote que celebró la Misa de Cuerpo Presente. Como dije, la ternura del Padre y la intercesión de la Madre se sentían en todo el ambiente.
Finalmente, comparto que le estoy muy agradecido a Dios Bueno, a la Madre, y a todos mis amigos por haberme dado el soporte que yo necesitaba para ayudar a mi familia política. Constaté que cuando me lo propongo puedo vivir y transmitir mucha fortaleza. Bendito sea Dios por haberme permitido aliviar en algo a la familia que él puso en mi camino, especialmente a Kenny (además de mi Karin, obviamente). Espero poder estar ahí cuando sea necesario.
(Creo que es innecesario detallar las escenas de dolor vividas en el velorio, en el sepelio, en la casa, etc. Eso quedará en nuestros recuerdos, no en este texto.)
Las naturales consecuencias de este tránsito se fueron mostrando a lo largo de los días, pero felizmente hemos ido saliendo de la crisis con resultados positivos de acercamiento al Señor y de unidad familiar, entre otros.
Luego, tan sólo 15 días después, llegó un acontecimiento diametralmente opuesto: el nacimiento de Daniela, nuestra esperada hija.
Desde que se difundió la noticia de la existencia de Danielita en el vientre de Karin, la atención de todos se centró en ella. Y la bondad del Señor se mostraba en los gestos de alegría y comunión de familiares y amigos. A mí me ha llamado mucho la atención el amor que le tienen muchas chicas emevecistas de nuestro Centro a mi Karin; cómo se alegran al verla, al hablarle, cómo se preocupan por la pequeñita, cómo se esmeran por atenderlas a ambas, etc.
Faltando poco para la fecha probable de parto se hicieron los tradicionales baby showers, uno en el trabajo de Karin y otro en casa de sus tías. El primero fue, a mi parecer, apoteósico, por los regalos, la organización, la gente, etc. El segundo fue austero y sobrio, pues la familia venía golpeada anímica y económicamente por el acontecimiento anterior, pero la unión y la solidaridad eran abundantes.
El nacimiento fue todo un acontecimiento. Cuántas visitas a la clínica, cuántos abrazos, cuántas visitas a casa, cuántas oraciones, cuántos regalos, etc. Los agrupados y agrupadas se pasaban por email la foto de nuestra recién nacida, en fin ... El ambiente se llenó de profunda alegría. Inclusive las amigas emevecistas les organizaron a madre e hija un tercer baby shower, lleno de alegría.
Repito que el ambiente se llenó de gozo. Daniela con su ternura, su carita, sus cachetes, ..., su vida en realidad, se robó el corazón y las atenciones de todos. Claro: la pena y el dolor por la ausencia de Don Benjamín estaban ahí, pero Dios había ido dándoles otra forma, más serena, esperanzada, y cristiana.
Daniela con su crecimiento diario nos inundaba de alegrías y sorpresas. Y también de quehaceres domésticos. Quiero resaltar la enorme ayuda anímica, logística y espiritual que significó para estos nuevos padres la presencia de dos personas en particular: Kenny y Mariela. Y las destaco no porque hayan sido las únicas en ayudar (me faltaría espacio para detallar las muy grandes ayudas de muchísimos, a quienes les debemos tanto), sino porque nos conmovieron con unos gestos en particular. Por ejemplo: la noche previa a salir de alta de la clínica se quedaron hasta la madrugada en nuestro departamento limpiándolo con mucho esmero y armando la cunita de la pequeña. Y detalles como ésos hay varios. Y siempre con alegría y desinterés. ¡La tristeza había sido aplastada!
Con el tiempo he ido viendo cómo la familia que Don Benjamín formó se ha hecho más sólida. Veo a todos sus miembros más maduros y fuertes. Incluso los veo más convertidos. Creo que Santa María ha forjado en sus corazones un amor fuerte y estable hacia el Dulce Jesús, pero, por supuesto, aún les falta mucho camino por recorrer (aunque no tanto como a mí).
Todas éstas son experiencias que atesoraremos en nuestras mentes y corazones.
Una de las cosas que me quedan claras con todo esto es que Dios sabe lo que hace. No es casualidad que al dolor tan grande del fallecimiento de mi suegro le siga muy pronto el nacimiento de nuestra primera hija. Si hasta los no creyentes o alejados de Dios se maravillan ante lo que ellos llaman “casualidad”, ¡cómo no regocijarnos nosotros en la ternura de Dios! La vida será siempre más alegre que la muerte. La vida siempre triunfa ante la muerte, la alegría ante el dolor.
El Creador en su pedagogía nos pone juntos al dolor y a la alegría***. No puede haber vida verdadera y eterna sin muerte; no hay Domingo de Resurrección sin Viernes Santo. Es absurdo huirle al sufrimiento; el Señor Jesús lo asumió y lo transformó, lo santificó. Es bueno sufrir, siempre y cuando sea de manera cristiana, ofreciendo nuestros pesares por amor a Jesús y a los hermanos. Y Dios en su sabiduría trocará nuestros dolores en alegrías enormes, ¡¿qué duda cabe?! El mundo le huye al dolor, ¡pobres! No saben lo valiosa y necesaria que es la cruz para nosotros, los seguidores del Resucitado.
Repito: Dios sabe lo que hace, y nosotros debemos buscar entender lo mejor posible qué es lo que Él hace para nosotros, y qué quiere de nosotros. Ahí está la respuesta a nuestras preguntas y anhelos. Ahí está la alegría. ¿Cómo vivir sin preguntarle a Dios para qué vivimos? ¿Cómo navegar sin brújula? Éstas son realidades que debemos vivir y transmitir a muchos para que se acerquen al Reconciliador. Y asumamos con visión de fe lo que nos toque sufrir. Que Él nos ayude a ser más santos.
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* Cuando hablo de mis familias me refiero a dos: una es la que hemos formado Karin y yo al casarnos, incluyendo a nuestros parientes, unidos todos con lazos de sangre; y otra es la que ambos hemos formado con lazos espirituales entre nuestros amigos.
** Mi cuñada no es una pariente o una amiga más. Se ha convertido más bien en la hermana menor que biológicamente no tengo. Mi preocupación por su bienestar y felicidad es muy grande. Sus alegrías y sus tristezas son también mías. Bien podría yo escribir un artículo grande sobre ella (y quizás lo haga).
*** Luis Fernando ha publicado unas reflexiones muy útiles y hermosas sobre el tema: Alegría y Dolor. Reflexiones de Viernes Santo. También Germán lo aborda en un libro de publicación póstuma: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? Ambos imprescindibles.
miércoles, abril 20, 2005
04 - «Ya llegará» - Abril 2005
Desde hace un tiempo tengo una preocupación sobre una realidad concreta que veo en mi grupo de amistades emevecistas. Me refiero a que muchos y muchas de los que se descubren llamados a la santidad en el matrimonio ya bordean (o sobrepasaron) la “base 3”, y no tienen la pareja con la cual vivir tal vocación. El hecho genera en mí verdadero pesar, y eso me mueve a (entre otras cosas) ordenar mis ideas escribiéndolas.
Intentando encontrar luces para el tema de por qué mis amigos no viven la hermosa vocación al matrimonio, me quedo con dos ideas: hay factores coyunturales y circunstanciales, y hay un factor de actitud.
Debo empezar desde mi realidad: yo tuve la bendición de conocer joven a la mujercita que se convertiría en mi esposa, y eso es algo que siempre le agradeceré a Dios y a Santa María. Y lo que ella y yo vivimos desde entonces es tan hermoso que deseo que lo vivan también mis amigos más cercanos.
Pero como en todo, hay diferencias. No todos somos iguales, no todos vivimos lo mismo, no a todos nos suceden las mismas cosas.
Viendo más allá, encuentro que, además de diferencias, hay, sobre todo, verdades fundamentales que no podemos olvidar.
Y el eje sobre el que giran estas verdades es uno: vivir nuestra vocación no es una imposición que podemos postergar, sino una necesidad nuestra para realizarnos en plenitud. Es Plan de Dios.
Cuando uno ve algo como imposición u orden vertical desagradable, trata de postergar su cumplimiento. Quizás algunos hermanos y hermanas en el peregrinar entienden así el llamado a enamorarse y casarse. Alguno puede pensar que tuvo mala suerte al recibir esta vocación, pues implica salir al encuentro de personas del sexo opuesto y ponerse en juego. En fin ... criterios todos errados.
Digo por el contrario que nuestra vocación particular se convierte para nosotros en una necesidad (lo hemos escuchado y repetido tantas veces); se hace para nosotros necesario e impostergable vivirla. Viviéndola con generosidad vamos viendo cómo todo nuestro ser se sacia. Toda nuestra persona está orientada y estructurada para emprender el estado de vida para el que nacimos. El consagrado en su situación, y nosotros en la nuestra: mi cuerpo, mi psicología y mi espíritu están “programados” para vivir el amor cristiano en el matrimonio. Para mí, ésta es una idea-fuerza que debe estar siempre presente y viva en alguien que desea ser feliz.
Unido a esto va su complemento, que más bien es su raíz: Dios Amor es quien ha impreso en mí el llamado particular por el que seré santo. Es decir: no es un asunto meramente humano, racional, filosófico, plano, sino que la vida es así porque Dios (amoroso y sabio) ha querido darnos a sus hijos un camino peculiar por el cual desplegarnos. ¡Estoy llamado al matrimonio porque Dios sabe que ese camino es el mejor para mí!
Y otra idea que me parece clave, es que uno está en capacidad de responder a lo que Dios lo llama. El hermano consagrado tiene toda la estructura física e interior para responder a su vocación, incluyendo las exigencias de la obediencia, el celibato, etc. (miremos por ejemplo a Juan Pablo II y a nuestros hermanos y hermanas de la familia espiritual, que viven santamente su estado de vida). Los llamados al matrimonio tenemos todo lo que necesitamos para vivir tal llamado. ¿O es que Dios es loco y nos llama a algo que no podemos vivir? Bien sabemos que no; lo que yo creo que sucede es que solemos dudar de nuestras capacidades y de la providencia.
Me queda a mí claro que lo que descubramos como camino de realización debemos vivirlo hoy. Lo que está en juego es grande. De verdad que es grande. Pero lo que motiva esta reflexión son los diversos elementos mentales y espirituales que hacen que posterguemos en la práctica el hermoso proyecto de buscar a la pareja y vivir lo que, si Dios y nosotros queremos, terminará en el Altar.
Un primer punto que creo que se da, es el problema de la timidez. Se ha hablado y escrito mucho sobre esta característica de las personas; yo sólo quiero resaltar que la timidez no puede ser obstáculo para nuestro despliegue ni para la misión. Así, si a mí me cuesta hablarle a alguien del sexo opuesto, entablar amistad, diálogos, salidas, etc., eso no puede limitarme para vivir mi vocación. «Es que soy muy tímido(a)». ¿Y? ¡Hay que vencer ese problema! Para algunos es más fácil, pero todos debemos dar el salto, grande o pequeño, para conocer amigos(as) y relacionarnos sanamente.
Muy unido a la timidez está la poca valoración personal. «¿Qué puedo yo ofrecerle a un(a) chico(a), si soy o tengo tan poca cosa?» Me ha pasado (y me sigue pasando) eso por la cabeza, pero yo trato de retirar inmediatamente esa idea, pues recuerdo que yo valgo nada menos que la Sangre y la Resurrección del Señor. Él me hace valioso, ¿quién soy yo para quitarme ese valor? ¡Si soy hijo de Dios! Además, repaso mis características, mis virtudes, mis talentos, mi historia, y se hace más palpable para mí el valor que yo tengo. Lo que yo creo que hay en el fondo de esta excusa es simplemente miedo. Miedo a salir de uno mismo. Si se da el caso de que uno tiene pocos bienes materiales que ofrecerle a la chica o al chico (incluyo aquí una poca o nula formación superior, trabajo, etc.), eso no es motivo para no buscar a la pareja. Si el candidato o candidata tiene horizontes grandes, entonces la pobreza material no será para él o ella impedimento para entablar amistad o una relación formal. Más aun si él o ella ven en uno que se esfuerza por tener una vida cimentada en valores cristianos y coherente. Pasa a veces que somos nosotros quienes no nos aceptamos, y asumimos que los demás tampoco lo harán. ¡Mentira! Y recordemos que las mentiras vienen del príncipe de la mentira.
Otro argumento que he escuchado para no aceptar la posibilidad de una relación de enamorados con un(a) chico(a) es: «No me gusta mucho». Pienso aquí que hay que ser cuidadosos. Si bien el tema físico es importante en el inicio y el desarrollo de una relación, no es lo más importante. A mi amigo Julio le he escuchado decir algo que respaldo plenamente: «Hay 2 tipos de mujer en la vida de un hombre: la que uno sueña, y la que Dios le envía, y no siempre coinciden en la misma persona; a veces sí.» Si los varones vivimos esperando a que aparezca una Miss Perú dispuesta a casarse con nosotros, probablemente quedaremos solteros. Y lo mismo para las chicas. No estoy diciendo que “afanemos” o aceptemos a alguien que no nos gusta nada, ni que dejemos de lado el tema físico; lo que pienso y propongo es que no debemos hacer del tema físico el más importante; subordinémoslo al mundo interior de la otra persona, que suele esconder sorpresas realmente maravillosas.
Como todo en la vida cristiana, la vivencia de nuestra vocación exige esfuerzos proactivos de nuestra parte. La pereza puede ser mortal en este tema. Si por flojo(a) no salgo a buscar a la persona con la que formaré una familia, ¡qué tristeza!
No quiero dejar de mencionar una actitud femenina que me parece peligrosa: el esperar pasivamente a que llegue su príncipe azul. Ciertamente, el estereotipo es que el hombre “conquiste” a la mujer, es el hombre quien suele tomar la iniciativa. Pero, ¿por qué la chica no puede iniciar el acercamiento y el posterior enamoramiento? Claro, no hablo de que mis amigas deben convertirse en unas coquetonas, sino que con prudente valentía deben también poner medios adecuados para conocer y conquistar a quien creen que es el hombre con quien podrían llegar a algo serio. A veces eso nos ayuda a los varones a vencer miedos y timideces.
Finalmente, creo que en algunos casos (que son cada vez menos) la vocación al matrimonio es menos valorada que la vida consagrada. Pasa a veces que cuando un muchacho o una chica descubren que “van para” el matrimonio, sienten que esa vocación es inferior a una plena disponibilidad. ¡Y es mentira! Lo sabemos, pero hay que recordárnoslo y demostrarlo diariamente con hechos. A mí siempre me ha llamado la atención que cuando alguien quiere discernir llamado a la vida consagrada pone muchos medios y se exige bastante, pero cuando esa misma persona (no todos, claro) u otros disciernen para el matrimonio, aparece un sorprendente relajamiento. He visto también a la otra cara de la moneda: hermanos y hermanas que al descubrir su vocación matrimonial se lanzan “con zapatos y todo” a buscar a la pareja, a mejorar su profesión, y demás exigencias propias de un futuro esposo(a). La vocación a casarnos debe suscitarnos mucha emoción, que debe reflejarse en hechos visibles y coherentes.
En fin ... creo que debemos poner todo de nuestra parte para que el «Ya llegará» se realice pronto. Quizás ya llegó y está frente a las propias narices.
Termino repitiendo la idea inicial: esta reflexión nace de una preocupación y del deseo de que mis amigos vivan las maravillas que Dios me está permitiendo ya vivir a mí junto a mi Karin. Obviamente, son sólo mis ideas, nada más.
Dios nos bendiga a todos.
Intentando encontrar luces para el tema de por qué mis amigos no viven la hermosa vocación al matrimonio, me quedo con dos ideas: hay factores coyunturales y circunstanciales, y hay un factor de actitud.
Debo empezar desde mi realidad: yo tuve la bendición de conocer joven a la mujercita que se convertiría en mi esposa, y eso es algo que siempre le agradeceré a Dios y a Santa María. Y lo que ella y yo vivimos desde entonces es tan hermoso que deseo que lo vivan también mis amigos más cercanos.
Pero como en todo, hay diferencias. No todos somos iguales, no todos vivimos lo mismo, no a todos nos suceden las mismas cosas.
Viendo más allá, encuentro que, además de diferencias, hay, sobre todo, verdades fundamentales que no podemos olvidar.
Y el eje sobre el que giran estas verdades es uno: vivir nuestra vocación no es una imposición que podemos postergar, sino una necesidad nuestra para realizarnos en plenitud. Es Plan de Dios.
Cuando uno ve algo como imposición u orden vertical desagradable, trata de postergar su cumplimiento. Quizás algunos hermanos y hermanas en el peregrinar entienden así el llamado a enamorarse y casarse. Alguno puede pensar que tuvo mala suerte al recibir esta vocación, pues implica salir al encuentro de personas del sexo opuesto y ponerse en juego. En fin ... criterios todos errados.
Digo por el contrario que nuestra vocación particular se convierte para nosotros en una necesidad (lo hemos escuchado y repetido tantas veces); se hace para nosotros necesario e impostergable vivirla. Viviéndola con generosidad vamos viendo cómo todo nuestro ser se sacia. Toda nuestra persona está orientada y estructurada para emprender el estado de vida para el que nacimos. El consagrado en su situación, y nosotros en la nuestra: mi cuerpo, mi psicología y mi espíritu están “programados” para vivir el amor cristiano en el matrimonio. Para mí, ésta es una idea-fuerza que debe estar siempre presente y viva en alguien que desea ser feliz.
Unido a esto va su complemento, que más bien es su raíz: Dios Amor es quien ha impreso en mí el llamado particular por el que seré santo. Es decir: no es un asunto meramente humano, racional, filosófico, plano, sino que la vida es así porque Dios (amoroso y sabio) ha querido darnos a sus hijos un camino peculiar por el cual desplegarnos. ¡Estoy llamado al matrimonio porque Dios sabe que ese camino es el mejor para mí!
Y otra idea que me parece clave, es que uno está en capacidad de responder a lo que Dios lo llama. El hermano consagrado tiene toda la estructura física e interior para responder a su vocación, incluyendo las exigencias de la obediencia, el celibato, etc. (miremos por ejemplo a Juan Pablo II y a nuestros hermanos y hermanas de la familia espiritual, que viven santamente su estado de vida). Los llamados al matrimonio tenemos todo lo que necesitamos para vivir tal llamado. ¿O es que Dios es loco y nos llama a algo que no podemos vivir? Bien sabemos que no; lo que yo creo que sucede es que solemos dudar de nuestras capacidades y de la providencia.
Me queda a mí claro que lo que descubramos como camino de realización debemos vivirlo hoy. Lo que está en juego es grande. De verdad que es grande. Pero lo que motiva esta reflexión son los diversos elementos mentales y espirituales que hacen que posterguemos en la práctica el hermoso proyecto de buscar a la pareja y vivir lo que, si Dios y nosotros queremos, terminará en el Altar.
Un primer punto que creo que se da, es el problema de la timidez. Se ha hablado y escrito mucho sobre esta característica de las personas; yo sólo quiero resaltar que la timidez no puede ser obstáculo para nuestro despliegue ni para la misión. Así, si a mí me cuesta hablarle a alguien del sexo opuesto, entablar amistad, diálogos, salidas, etc., eso no puede limitarme para vivir mi vocación. «Es que soy muy tímido(a)». ¿Y? ¡Hay que vencer ese problema! Para algunos es más fácil, pero todos debemos dar el salto, grande o pequeño, para conocer amigos(as) y relacionarnos sanamente.
Muy unido a la timidez está la poca valoración personal. «¿Qué puedo yo ofrecerle a un(a) chico(a), si soy o tengo tan poca cosa?» Me ha pasado (y me sigue pasando) eso por la cabeza, pero yo trato de retirar inmediatamente esa idea, pues recuerdo que yo valgo nada menos que la Sangre y la Resurrección del Señor. Él me hace valioso, ¿quién soy yo para quitarme ese valor? ¡Si soy hijo de Dios! Además, repaso mis características, mis virtudes, mis talentos, mi historia, y se hace más palpable para mí el valor que yo tengo. Lo que yo creo que hay en el fondo de esta excusa es simplemente miedo. Miedo a salir de uno mismo. Si se da el caso de que uno tiene pocos bienes materiales que ofrecerle a la chica o al chico (incluyo aquí una poca o nula formación superior, trabajo, etc.), eso no es motivo para no buscar a la pareja. Si el candidato o candidata tiene horizontes grandes, entonces la pobreza material no será para él o ella impedimento para entablar amistad o una relación formal. Más aun si él o ella ven en uno que se esfuerza por tener una vida cimentada en valores cristianos y coherente. Pasa a veces que somos nosotros quienes no nos aceptamos, y asumimos que los demás tampoco lo harán. ¡Mentira! Y recordemos que las mentiras vienen del príncipe de la mentira.
Otro argumento que he escuchado para no aceptar la posibilidad de una relación de enamorados con un(a) chico(a) es: «No me gusta mucho». Pienso aquí que hay que ser cuidadosos. Si bien el tema físico es importante en el inicio y el desarrollo de una relación, no es lo más importante. A mi amigo Julio le he escuchado decir algo que respaldo plenamente: «Hay 2 tipos de mujer en la vida de un hombre: la que uno sueña, y la que Dios le envía, y no siempre coinciden en la misma persona; a veces sí.» Si los varones vivimos esperando a que aparezca una Miss Perú dispuesta a casarse con nosotros, probablemente quedaremos solteros. Y lo mismo para las chicas. No estoy diciendo que “afanemos” o aceptemos a alguien que no nos gusta nada, ni que dejemos de lado el tema físico; lo que pienso y propongo es que no debemos hacer del tema físico el más importante; subordinémoslo al mundo interior de la otra persona, que suele esconder sorpresas realmente maravillosas.
Como todo en la vida cristiana, la vivencia de nuestra vocación exige esfuerzos proactivos de nuestra parte. La pereza puede ser mortal en este tema. Si por flojo(a) no salgo a buscar a la persona con la que formaré una familia, ¡qué tristeza!
No quiero dejar de mencionar una actitud femenina que me parece peligrosa: el esperar pasivamente a que llegue su príncipe azul. Ciertamente, el estereotipo es que el hombre “conquiste” a la mujer, es el hombre quien suele tomar la iniciativa. Pero, ¿por qué la chica no puede iniciar el acercamiento y el posterior enamoramiento? Claro, no hablo de que mis amigas deben convertirse en unas coquetonas, sino que con prudente valentía deben también poner medios adecuados para conocer y conquistar a quien creen que es el hombre con quien podrían llegar a algo serio. A veces eso nos ayuda a los varones a vencer miedos y timideces.
Finalmente, creo que en algunos casos (que son cada vez menos) la vocación al matrimonio es menos valorada que la vida consagrada. Pasa a veces que cuando un muchacho o una chica descubren que “van para” el matrimonio, sienten que esa vocación es inferior a una plena disponibilidad. ¡Y es mentira! Lo sabemos, pero hay que recordárnoslo y demostrarlo diariamente con hechos. A mí siempre me ha llamado la atención que cuando alguien quiere discernir llamado a la vida consagrada pone muchos medios y se exige bastante, pero cuando esa misma persona (no todos, claro) u otros disciernen para el matrimonio, aparece un sorprendente relajamiento. He visto también a la otra cara de la moneda: hermanos y hermanas que al descubrir su vocación matrimonial se lanzan “con zapatos y todo” a buscar a la pareja, a mejorar su profesión, y demás exigencias propias de un futuro esposo(a). La vocación a casarnos debe suscitarnos mucha emoción, que debe reflejarse en hechos visibles y coherentes.
En fin ... creo que debemos poner todo de nuestra parte para que el «Ya llegará» se realice pronto. Quizás ya llegó y está frente a las propias narices.
Termino repitiendo la idea inicial: esta reflexión nace de una preocupación y del deseo de que mis amigos vivan las maravillas que Dios me está permitiendo ya vivir a mí junto a mi Karin. Obviamente, son sólo mis ideas, nada más.
Dios nos bendiga a todos.
martes, febrero 22, 2005
01 - El tránsito de mi amiga Roxana - Noviembre 2003
Hace pocos días una noticia me estremeció como pocas: mi buena amiga Roxanita Altamirano había fallecido. No fue una sorpresa, pues era conocido el delicado estado de su cuerpo, pero recibir aquella mañana la noticia de que en la madrugada había partido fue un golpe. Quienes la acompañábamos en su enfermedad nos preparábamos para esa posibilidad, pero siempre la separación de una persona querida es un momento doloroso.
Gracias a Dios la Fe nos da las respuestas verdaderas y esperanzadoras para entender estas situaciones. Sin las verdades reveladas por Dios Bueno todo sería absurdo, y la partida de mi amiga habría sido una experiencia llena de dolor, amargura, y frustración. Sabemos –sé– que Roxanita está en la meta, está con el Señor, con la compañía de nuestra Madre, está cara a cara con El Amor; tenemos desde ahora una intercesora más en el Cielo, que nos va a ayudar y cuidar en todo lo que pueda.
Al dolor inicial le sobrepasa la alegría y serena paz de saber que mi querida amiga vive ya la plenitud del amor. Confío en que, con la gracia de Dios y mi esfuerzo, cuando me llegue a mí el momento del tránsito me reencontraré con ella, con Germán, con mi papá, y con toda la gente cercana y querida que ha partido y que partirá a la Casa del Padre.
Y el recordar a Roxana es una fuente de ejemplos y virtudes a imitar. Conozco a La Señora (como a mí me gustaba llamarla) desde que yo me vinculé a la Familia Sodálite, en diciembre de 1991. Ella ya estaba agrupada, pues, si la memoria no me engaña, fue de la primera agrupación femenina de este Centro. Poco a poco nos hicimos amigos, y vivimos una bonita, sincera, y transparente amistad. Los agrupados mayores de este Centro sabemos lo sencillo y agradable que era tener una conversación fraterna con ella.
Mis recuerdos de ella tienen siempre como telón de fondo su alegría y su sentido del humor. Roxana siempre estaba contenta; si se le veía preocupada, le duraba poco, pues siempre fue muy optimista, y nos contagiaba su optimismo. Confiaba mucho en el Señor, pues le creía. Esta confianza animaba sus decisiones y sus actos, hasta el final.
Otro rasgo edificante de su vida fue su diligencia. No era de las personas que dejan todo para después. Su apostolado, su servicio, sus estudios, la vivencia de su vocación, etc., los realizó con responsabilidad, poniendo los medios adecuados para el objetivo. Dicho de otra manera: siempre puso manos a la obra.
Cómo no recordar su generosidad para el servicio. Muchas personas nos hemos beneficiado con los favores que nos hizo. Con su carrera –pero no sólo con ella– ayudó a quienes la necesitamos. Mi familia recibió su ayuda y preocupación cuando tuvimos unos problemas y dudas con la casa que compramos, y ella le dedicó horas a aliviar a mi madre en ese tema. El Centro Apostólico y nuestras parroquias sodálites son grandes testigos de los servicios prestados con prontitud por Roxana. Y ésos son sólo las instancias de las que yo puedo dar fe; ¿cuántas más personas e instituciones habrán sido aliviadas por los favores de Roxanita Altamirano?
Cristiana comprometida, siempre se preocupó por el apostolado. La he visto (en el Centro) participar de muchas iniciativas apostólicas. Solía preocuparse por que las agrupaciones caminen bien (las de mujeres y las de hombres). Las responsabilidades que se le encomendaban las sacaba adelante, con caídas y golpes algunas veces, pero con la actitud responsable de que todo salga bien para el apostolado. Tuvo un particular interés por la vida cristiana de su familia.
Llama también mi atención la fidelidad que tuvo mi amiga a lo que descubría como Plan de Dios. La conocí agrupada, la vi descubrir y entusiasmarse con su vocación al matrimonio, la vi casarse y pertenecer a Familia de Nazaret. En fin, la vi ser fiel a su llamado; la vi siempre en donde tenía que estar. Hace años nuestro Centro vivió una coyuntura peculiarmente difícil para las agrupaciones femeninas, y la vi ser un baluarte firme y fiel para todos.
La vida de Roxana Luz estuvo marcada por la pertenencia al MVC. Pienso que encarnó las virtudes cristianas desde nuestra espiritualidad sodálite. Conociéndola me atrevo a decir que hizo realidad en su ser la espiritualidad de la vida cotidiana. Martín, su esposo, dijo la tarde del sepelio que ella no hizo nada extraordinario en su vida, sino que hizo lo normal. Pero con la diferencia de que todo lo que emprendía lo hacía preguntándole al Señor si estaba bien. Respaldo plenamente esa afirmación. Es para mí, y creo que para muchos, una prueba de que sí se puede ser santos hoy. Se puede vivir lo ordinario de manera extraordinaria. Se puede amar hasta el extremo.
La gran cantidad de personas que acudieron a su velorio, a la misa de cuerpo presente, y a su sepelio, hablan de lo querida que fue. De cómo ella significó y significa mucho para muchos. Estoy seguro de que a todas las personas a las que trató les transmitió de alguna manera, directa o indirecta, el Evangelio del Señor. Ella era así.
Pienso que el tránsito de Roxana debe ser para todos nosotros un llamado a la santidad. Tenemos un ejemplo cercano de que la fidelidad al Plan de Dios es posible. Y digo que es un ejemplo cercano porque lo es: para quienes vivimos en El Barrio era nuestra vecina; fue agrupada mariana muchos años en Cristo Reconciliador, estudió una carrera, trabajó, se enamoró, se comprometió, se casó, tuvo una niña. En fin, vivió como cualquiera de nosotros. Imitemos, pues, siempre, su opción por la santidad. Su partida me dice que no sabemos ni el día ni la hora en que el Señor nos llamará a su presencia, y que por ello debemos estar siempre listos.
Quienes conocimos y tratamos a Roxana Altamirano mantengamos viva su memoria y honrémosla siendo fieles al Plan de Dios. Y quienes no la conocieron, créanme: fue una amiga muy buena y noble, con la camiseta de la Iglesia y del MVC bien puesta.
Que Cristo Victorioso y los cuidados de Santa María nos hagan arder de amor.
Lima, noviembre 2003
Gracias a Dios la Fe nos da las respuestas verdaderas y esperanzadoras para entender estas situaciones. Sin las verdades reveladas por Dios Bueno todo sería absurdo, y la partida de mi amiga habría sido una experiencia llena de dolor, amargura, y frustración. Sabemos –sé– que Roxanita está en la meta, está con el Señor, con la compañía de nuestra Madre, está cara a cara con El Amor; tenemos desde ahora una intercesora más en el Cielo, que nos va a ayudar y cuidar en todo lo que pueda.
Al dolor inicial le sobrepasa la alegría y serena paz de saber que mi querida amiga vive ya la plenitud del amor. Confío en que, con la gracia de Dios y mi esfuerzo, cuando me llegue a mí el momento del tránsito me reencontraré con ella, con Germán, con mi papá, y con toda la gente cercana y querida que ha partido y que partirá a la Casa del Padre.
Y el recordar a Roxana es una fuente de ejemplos y virtudes a imitar. Conozco a La Señora (como a mí me gustaba llamarla) desde que yo me vinculé a la Familia Sodálite, en diciembre de 1991. Ella ya estaba agrupada, pues, si la memoria no me engaña, fue de la primera agrupación femenina de este Centro. Poco a poco nos hicimos amigos, y vivimos una bonita, sincera, y transparente amistad. Los agrupados mayores de este Centro sabemos lo sencillo y agradable que era tener una conversación fraterna con ella.
Mis recuerdos de ella tienen siempre como telón de fondo su alegría y su sentido del humor. Roxana siempre estaba contenta; si se le veía preocupada, le duraba poco, pues siempre fue muy optimista, y nos contagiaba su optimismo. Confiaba mucho en el Señor, pues le creía. Esta confianza animaba sus decisiones y sus actos, hasta el final.
Otro rasgo edificante de su vida fue su diligencia. No era de las personas que dejan todo para después. Su apostolado, su servicio, sus estudios, la vivencia de su vocación, etc., los realizó con responsabilidad, poniendo los medios adecuados para el objetivo. Dicho de otra manera: siempre puso manos a la obra.
Cómo no recordar su generosidad para el servicio. Muchas personas nos hemos beneficiado con los favores que nos hizo. Con su carrera –pero no sólo con ella– ayudó a quienes la necesitamos. Mi familia recibió su ayuda y preocupación cuando tuvimos unos problemas y dudas con la casa que compramos, y ella le dedicó horas a aliviar a mi madre en ese tema. El Centro Apostólico y nuestras parroquias sodálites son grandes testigos de los servicios prestados con prontitud por Roxana. Y ésos son sólo las instancias de las que yo puedo dar fe; ¿cuántas más personas e instituciones habrán sido aliviadas por los favores de Roxanita Altamirano?
Cristiana comprometida, siempre se preocupó por el apostolado. La he visto (en el Centro) participar de muchas iniciativas apostólicas. Solía preocuparse por que las agrupaciones caminen bien (las de mujeres y las de hombres). Las responsabilidades que se le encomendaban las sacaba adelante, con caídas y golpes algunas veces, pero con la actitud responsable de que todo salga bien para el apostolado. Tuvo un particular interés por la vida cristiana de su familia.
Llama también mi atención la fidelidad que tuvo mi amiga a lo que descubría como Plan de Dios. La conocí agrupada, la vi descubrir y entusiasmarse con su vocación al matrimonio, la vi casarse y pertenecer a Familia de Nazaret. En fin, la vi ser fiel a su llamado; la vi siempre en donde tenía que estar. Hace años nuestro Centro vivió una coyuntura peculiarmente difícil para las agrupaciones femeninas, y la vi ser un baluarte firme y fiel para todos.
La vida de Roxana Luz estuvo marcada por la pertenencia al MVC. Pienso que encarnó las virtudes cristianas desde nuestra espiritualidad sodálite. Conociéndola me atrevo a decir que hizo realidad en su ser la espiritualidad de la vida cotidiana. Martín, su esposo, dijo la tarde del sepelio que ella no hizo nada extraordinario en su vida, sino que hizo lo normal. Pero con la diferencia de que todo lo que emprendía lo hacía preguntándole al Señor si estaba bien. Respaldo plenamente esa afirmación. Es para mí, y creo que para muchos, una prueba de que sí se puede ser santos hoy. Se puede vivir lo ordinario de manera extraordinaria. Se puede amar hasta el extremo.
La gran cantidad de personas que acudieron a su velorio, a la misa de cuerpo presente, y a su sepelio, hablan de lo querida que fue. De cómo ella significó y significa mucho para muchos. Estoy seguro de que a todas las personas a las que trató les transmitió de alguna manera, directa o indirecta, el Evangelio del Señor. Ella era así.
Pienso que el tránsito de Roxana debe ser para todos nosotros un llamado a la santidad. Tenemos un ejemplo cercano de que la fidelidad al Plan de Dios es posible. Y digo que es un ejemplo cercano porque lo es: para quienes vivimos en El Barrio era nuestra vecina; fue agrupada mariana muchos años en Cristo Reconciliador, estudió una carrera, trabajó, se enamoró, se comprometió, se casó, tuvo una niña. En fin, vivió como cualquiera de nosotros. Imitemos, pues, siempre, su opción por la santidad. Su partida me dice que no sabemos ni el día ni la hora en que el Señor nos llamará a su presencia, y que por ello debemos estar siempre listos.
Quienes conocimos y tratamos a Roxana Altamirano mantengamos viva su memoria y honrémosla siendo fieles al Plan de Dios. Y quienes no la conocieron, créanme: fue una amiga muy buena y noble, con la camiseta de la Iglesia y del MVC bien puesta.
Que Cristo Victorioso y los cuidados de Santa María nos hagan arder de amor.
Lima, noviembre 2003
miércoles, febrero 09, 2005
03 - ¡Papá! - Febrero 2005
Obviamente el sentido por el que Karin y yo nos casamos siempre lo tenemos muy claro en cuanto a ideales y criterios, y la defensa de la vida era, es, y será prioritaria en nuestra familia. Tener hijos para educarlos en la Fe es objetivo importantísimo de nuestro matrimonio.
Pero también es cierto que la llegada del primer niño estaba planificada para dentro de unos meses después. Por eso, cuando nos enteramos de que yá eramos padres (es decir: que Karincita estaba gestando) una mezcla de sensaciones nos invadió: sorpresa, alegría, temor, confusiones y certezas, etc. Digo esto sin ambages, pues no hay nada malo en el asunto, y lo explico.
En la mente y el corazón tenemos claro que nuestra felicidad es el Plan de Dios, lo que nos lleva a buscarlo y cumplirlo, con generosidad, alegría y empeño. Eso es claro. Pero también nosotros nos hacemos planes, de acuerdo a nuestras espectativas; y mientras no haya nada inmoral ni plano en estos planes nuestros, pues no hay problema. El problema se da cuando nuestros planes y los de Dios Bueno no coinciden. Es ahí cuando se pone a prueba nuestra fe, es ahí ("cuando las papas queman") que se ve quién le cree a Dios y quién lo ama.
Esa experiencia tuvimos Karin y yo al enterarnos de la existencia de nuestro(a) pequeñín: nuestros planes y los de Dios coincidían en la llegada del nuevo ser, pero discrepaban en el momento. Nosotros lo planificamos para después por temas fundamentalmente laborales, asuntos que debían resolverse dentro de unos pocos meses. Por eso es que se mezclaron las sensaciones: fundamentalmente un "¿Ya? ¿Tan pronto?", al que se le sobrepuso la alegría inmensa que es traer un niño a la vida. Y esto es muy claro: ¡Karin y yo estamos muy felices por ser ya padres! Nos quedamos perplejos ante la bondad de Dios. ¡Él nos está permitiendo ayudarlo a crear vida! Nos está confiando la crianza de una nueva persona, nos confía sus valores morales, su psicología, su entorno, su relación inicial con Él, su discernimiento profesional y vocacional, etc.
Por todo esto ambos necesitamos ser más santos. Necesitamos que nuestros hijos vean padres cristianos auténticos. La llegada del nuevo ser es un llamado a ser más personas, más humanos y mejores cristianos. Queremos darle lo mejor a nuestro(a) pequeño(a), y para eso necesitamos estar más cerca del Señor, con el esfuerzo que esto conlleva.
Parte de la preocupación natural en todo esto es lo de los bienes temporales (el dinero). Y Karin y yo tenemos la convicción de que Dios nunca nos abandonará. Lo dice el Evangelio y nuestra experiencia: ¿alguna vez nos ha abandonado? No sabemos cómo será nuestra vida como padres, pero sabemos perfectamente que Dios nos ayudará y guiará, como lo viene haciendo ya. La protección y los cuidados de Santa María y su Casto Esposo se sienten fuertes y claros.
Además de los cuidados divinos y de los santos que ya están en la Meta, están otros cuidados importantísimos para nosotros: nuestros familiares y amigos. Si algo caracteriza nuestra vida en los últimos tiempos es que tenemos más y mejores amigos, y es increíble cómo se entusiasman al hablar de nuestro bebé. No dudamos que, como hasta ahora, estarán siempre para ayudarnos cuando nazca este primer bebé, pues las amistades que nos rodean soy muy serviciales y buenos, y nosotros dos queremos estar siempre a la altura de tanta bondad.
La experiencia de paternidad la estamos asimilando progresivamente. Inicialmente nos sorprendimos, pues no sabíamos lo que es gestar a un niño. Y aquí explicito algo: el embarazo es de ambos cónyuges. Pero inicialmente esta asimilación es racional. Poco a poco, según las características de cada persona, va bajando al corazón y los afectos. Para nosotros dos un hito en esto fueron la primera y la segunda ecografías. En la primera Karin se emocionó más, pues, como ella decía, aún no sentía la presencia del bebé (recién eran unos días y medía 12 milímetros); pero al verlo en pantalla la emoción fue grande y caló. A mí me pasó casi igual con la segunda ecografía, en la que vimos al niño moviéndose en el vientre de mi esposa. Comparto que allí me emocioné en grande por primera vez: ¡mi hijo se movía! Ahora anhelamos que nazca y poder besarlo. Es hermoso poner mi mano en la barriguita de Karin y sentir los movimientos y latidos del bebe. ¡Misterio tan hermoso el de la vida!
Otra faceta muy importante que sale más a la luz con el embarazo y que no quiero dejar de mencionar, es la necesidad de cuidar nuestros trabajos. Quienes tenemos la bendición de tener uno debemos ser responsables y muy diligentes para progresar día a día (asantificándonos) en nuestro ámbito laboral.
En todo esto nos descubrimos como una referencia directa a quienes siguen nuestros pasos. Me refiero a las personas del barrio (el Centro Apostólico) que anhelan vivir el matrimonio. Nos sabemos observados, y nos sabemos vasijas de barro, pero vasijas que desean hacer las cosas bien, para gloria del Señor y ejemplo a nuestros hermanos menores en la fe.
Que Dios y la Madre nos bendigan a todos y nos ayuden a ser santos en todas las facetas de nuestras vidas, incluyendo la paternidad.
Pero también es cierto que la llegada del primer niño estaba planificada para dentro de unos meses después. Por eso, cuando nos enteramos de que yá eramos padres (es decir: que Karincita estaba gestando) una mezcla de sensaciones nos invadió: sorpresa, alegría, temor, confusiones y certezas, etc. Digo esto sin ambages, pues no hay nada malo en el asunto, y lo explico.
En la mente y el corazón tenemos claro que nuestra felicidad es el Plan de Dios, lo que nos lleva a buscarlo y cumplirlo, con generosidad, alegría y empeño. Eso es claro. Pero también nosotros nos hacemos planes, de acuerdo a nuestras espectativas; y mientras no haya nada inmoral ni plano en estos planes nuestros, pues no hay problema. El problema se da cuando nuestros planes y los de Dios Bueno no coinciden. Es ahí cuando se pone a prueba nuestra fe, es ahí ("cuando las papas queman") que se ve quién le cree a Dios y quién lo ama.
Esa experiencia tuvimos Karin y yo al enterarnos de la existencia de nuestro(a) pequeñín: nuestros planes y los de Dios coincidían en la llegada del nuevo ser, pero discrepaban en el momento. Nosotros lo planificamos para después por temas fundamentalmente laborales, asuntos que debían resolverse dentro de unos pocos meses. Por eso es que se mezclaron las sensaciones: fundamentalmente un "¿Ya? ¿Tan pronto?", al que se le sobrepuso la alegría inmensa que es traer un niño a la vida. Y esto es muy claro: ¡Karin y yo estamos muy felices por ser ya padres! Nos quedamos perplejos ante la bondad de Dios. ¡Él nos está permitiendo ayudarlo a crear vida! Nos está confiando la crianza de una nueva persona, nos confía sus valores morales, su psicología, su entorno, su relación inicial con Él, su discernimiento profesional y vocacional, etc.
Por todo esto ambos necesitamos ser más santos. Necesitamos que nuestros hijos vean padres cristianos auténticos. La llegada del nuevo ser es un llamado a ser más personas, más humanos y mejores cristianos. Queremos darle lo mejor a nuestro(a) pequeño(a), y para eso necesitamos estar más cerca del Señor, con el esfuerzo que esto conlleva.
Parte de la preocupación natural en todo esto es lo de los bienes temporales (el dinero). Y Karin y yo tenemos la convicción de que Dios nunca nos abandonará. Lo dice el Evangelio y nuestra experiencia: ¿alguna vez nos ha abandonado? No sabemos cómo será nuestra vida como padres, pero sabemos perfectamente que Dios nos ayudará y guiará, como lo viene haciendo ya. La protección y los cuidados de Santa María y su Casto Esposo se sienten fuertes y claros.
Además de los cuidados divinos y de los santos que ya están en la Meta, están otros cuidados importantísimos para nosotros: nuestros familiares y amigos. Si algo caracteriza nuestra vida en los últimos tiempos es que tenemos más y mejores amigos, y es increíble cómo se entusiasman al hablar de nuestro bebé. No dudamos que, como hasta ahora, estarán siempre para ayudarnos cuando nazca este primer bebé, pues las amistades que nos rodean soy muy serviciales y buenos, y nosotros dos queremos estar siempre a la altura de tanta bondad.
La experiencia de paternidad la estamos asimilando progresivamente. Inicialmente nos sorprendimos, pues no sabíamos lo que es gestar a un niño. Y aquí explicito algo: el embarazo es de ambos cónyuges. Pero inicialmente esta asimilación es racional. Poco a poco, según las características de cada persona, va bajando al corazón y los afectos. Para nosotros dos un hito en esto fueron la primera y la segunda ecografías. En la primera Karin se emocionó más, pues, como ella decía, aún no sentía la presencia del bebé (recién eran unos días y medía 12 milímetros); pero al verlo en pantalla la emoción fue grande y caló. A mí me pasó casi igual con la segunda ecografía, en la que vimos al niño moviéndose en el vientre de mi esposa. Comparto que allí me emocioné en grande por primera vez: ¡mi hijo se movía! Ahora anhelamos que nazca y poder besarlo. Es hermoso poner mi mano en la barriguita de Karin y sentir los movimientos y latidos del bebe. ¡Misterio tan hermoso el de la vida!
Otra faceta muy importante que sale más a la luz con el embarazo y que no quiero dejar de mencionar, es la necesidad de cuidar nuestros trabajos. Quienes tenemos la bendición de tener uno debemos ser responsables y muy diligentes para progresar día a día (asantificándonos) en nuestro ámbito laboral.
En todo esto nos descubrimos como una referencia directa a quienes siguen nuestros pasos. Me refiero a las personas del barrio (el Centro Apostólico) que anhelan vivir el matrimonio. Nos sabemos observados, y nos sabemos vasijas de barro, pero vasijas que desean hacer las cosas bien, para gloria del Señor y ejemplo a nuestros hermanos menores en la fe.
Que Dios y la Madre nos bendigan a todos y nos ayuden a ser santos en todas las facetas de nuestras vidas, incluyendo la paternidad.
02 - De Agrupado a Nazaret - Enero 2005
Durante 12 años he sido agrupado mariano. Ésa ha sido mi identidad. Y es que ser un agrupado mariano del Movimiento de Vida Cristiana define todo un estilo de vida. Luego la vida, conducida amorosamente por Dios, me ha convertido en un miembro de Familia de Nazaret, junto a mi esposa bella.
Son tantas las vivencias como agrupado, y es tan interesante el proceso de transición, que quiero plasmar algunas de ellas en papel, aunque sea electrónico.
Desde el comienzo de mi vida emevecista siempre me sentí orgulloso de ser agrupado, porque es evidente que las Agrupaciones Marianas son el motor visible del MVC. Lucas en una plática nos llamó "los pulmones del Movimiento". Esto porque es innegable que el abanico de funciones apostólicas y organizativas que un agrupado puede asumir es inmenso.
Y yo he tenido una vida de agrupado muy bonita, por bondad de Dios y de la Madre. Mi vida en la Familia Sodálite ha transcurrido siempre en un centro apostólico concreto, en un barrio. Nunca salí de ahí, y eso tuvo sus pros y sus contras. Entre aquéllos están que me entregué a un lugar concreto (Santa Felicia y Covima: Cristo Reconciliador) con todo lo que yo tenía, y lo llevaré en mi corazón por siempre, con las satisfacciones y aprendizajes que tal experiencia me brindó; entre los contras destaca el que limité en parte mi conocimiento de otras personas y realidades del Movimiento. Pero el balance es netamente positivo. Le doy gracias a Dios y a la Madre por la bendición hermosa de vivir en y para el Centro Cristo Reconciliador.
Lugar privilegiado en mi vida de agrupado está el trabajo junto a los sodálites sacerdotes que se hicieron cargo de las capillas de la Parroquia que quedan en el territorio de nuestro Centro. Lo que viví y aprendí junto a los padres Héctor, Juan Carlos Quiñe, y Jorge, ha marcado y sellado mi psicología y mi espíritu. Fueron años de aprender de ellos, de ayudarlos en todo lo que estuviera a mi alcance, de trabajo arduo (muy arduo) por la Parroquia, de alegrarme y de sufrir en esas tareas ... En fin, palabras me faltan para expresar cuánto le agradezco a Dios y a estas tres personas que Él puso en mi camino por haberme ayudado a crecer en mi vida cristiana. Digo sin reparos que, sin ese trabajo junto a ellos, mi personalidad ahora presentaría más trabas y deficiencias, y mi camino hacia Dios estaría algo retrasado. Mi esposa y mi hijo(a) también les deben gratitud por ello. Esta experiencia es quizás el tesoro más grande que mi corazón guarda de este periodo mío como agrupado mariano.
Fue como agrupado que hice mi carrera, busqué y encontré trabajo, encontré mi vocación, me enamoré, etc. Siempre como agrupado mariano, tratando de ser fiel a este asociación dentro de nuestra espiritualidad sodálite. Como agrupado es que vi partir a seres muy queridos (mi padre, mi amiga Roxana, Germán, etc.).
Más tarde vinieron otras responsabilidades en el mismo centro apostólico. Y llegó una nueva responsabilidad que decidí asumir: ser Encargado del MVC en una provincia. Asumí el MVC Huánuco. Ésta es una vivencia que estoy aprendiendo a manejar, pues para mí es todo un reto personal. Lo digo porque ser un líder apostólico requiere unas cualidades que yo poseo en poca medida, pero que me estoy esforzando por aumentar, junto a las que ya poseo más. Con la gracia de Dios estoy avanzando. Y con esto quiero decir que es una instancia para mí de muerte para la vida. Bendito sea Dios.
Es en ese contexto que hago mi tránsito a Nazaret, previo paso por Grupo de Novios. Obviamente hay otros detalles del entorno, pero sólo puedo mencionar los principales.
Cuando empiezo a asimilar que mi vida está cambiando, me pregunto: "¿seguiré siendo agrupado?", y me di cuenta de que no podría. Y no porque al casarse uno está obligado a ser Nazaret, de ninguna manera, sino porque:
- la instancia comunitaria de pareja se hacía indispensable para Karin y para mí, encontramos en ella una fuente hermosa de amistad en torno al Señor que respondía concretamente a nuestra nueva realidad.
- no había tiempo para dos reuniones de grupo a la semana, asumiendo que yo deseara seguir yendo a mis reuniones de agrupación.
Así que la decisión cayó sola: era tiempo de decirle Adiós a la agrupación y pasar a las filas de Familia de Nazaret.
Mis sensaciones eran más o menos: deseo de que todo siga igual (mis amigos, mi apostolado, mis horarios); pena por dejar de ser un pulmón; temor de desaparecer de la vida apostólica de nuestro Movimiento; poco afecto emotivo a Nazaret; etc. Y pienso que son sensaciones humanas muy naturales, pero no eran las mejores para alguien que quiere ser otro Cristo. Por eso me esfuerzo por colaborar con la gracia para que Karin y yo seamos unos miembros de Nazaret muy identificados con nuestro nuevo estado de vida y con esa asociación emevecista; ambos nos esforzamos por ser Nazarets santos. Entendemos que Dios nos ha traído amorosamente aquí, y que son nuevas luchas las que Él nos plantea. Entendemos que en Nazaret nos vamos a realizar con nuestros amigos (a quienes queremos muchísimo). Entendemos que nuestro apostolado cambiará de acuerdo a lo que Dios nos pida. (Por lo pronto, en este tema, yo me mantengo como Encargado de Huánuco, mientras se pueda; con el deseo de que, pase lo que pase, siempre haremos un apostolado activo, grande o pequeño, en nuestra Familia Sodálite.)
Después de 12 años como agrupado, la transición se está haciendo más llevadera, y el deseo de insertarnos plenamente en nuestra nueva asociación, es fuerte y hermoso. Benditos sean Dios y Santa María que nos regalan esta hermosa instancia. Que ellos nos bendigan siempre para ser siempre fieles y disponibles a su Plan.
Son tantas las vivencias como agrupado, y es tan interesante el proceso de transición, que quiero plasmar algunas de ellas en papel, aunque sea electrónico.
Desde el comienzo de mi vida emevecista siempre me sentí orgulloso de ser agrupado, porque es evidente que las Agrupaciones Marianas son el motor visible del MVC. Lucas en una plática nos llamó "los pulmones del Movimiento". Esto porque es innegable que el abanico de funciones apostólicas y organizativas que un agrupado puede asumir es inmenso.
Y yo he tenido una vida de agrupado muy bonita, por bondad de Dios y de la Madre. Mi vida en la Familia Sodálite ha transcurrido siempre en un centro apostólico concreto, en un barrio. Nunca salí de ahí, y eso tuvo sus pros y sus contras. Entre aquéllos están que me entregué a un lugar concreto (Santa Felicia y Covima: Cristo Reconciliador) con todo lo que yo tenía, y lo llevaré en mi corazón por siempre, con las satisfacciones y aprendizajes que tal experiencia me brindó; entre los contras destaca el que limité en parte mi conocimiento de otras personas y realidades del Movimiento. Pero el balance es netamente positivo. Le doy gracias a Dios y a la Madre por la bendición hermosa de vivir en y para el Centro Cristo Reconciliador.
Lugar privilegiado en mi vida de agrupado está el trabajo junto a los sodálites sacerdotes que se hicieron cargo de las capillas de la Parroquia que quedan en el territorio de nuestro Centro. Lo que viví y aprendí junto a los padres Héctor, Juan Carlos Quiñe, y Jorge, ha marcado y sellado mi psicología y mi espíritu. Fueron años de aprender de ellos, de ayudarlos en todo lo que estuviera a mi alcance, de trabajo arduo (muy arduo) por la Parroquia, de alegrarme y de sufrir en esas tareas ... En fin, palabras me faltan para expresar cuánto le agradezco a Dios y a estas tres personas que Él puso en mi camino por haberme ayudado a crecer en mi vida cristiana. Digo sin reparos que, sin ese trabajo junto a ellos, mi personalidad ahora presentaría más trabas y deficiencias, y mi camino hacia Dios estaría algo retrasado. Mi esposa y mi hijo(a) también les deben gratitud por ello. Esta experiencia es quizás el tesoro más grande que mi corazón guarda de este periodo mío como agrupado mariano.
Fue como agrupado que hice mi carrera, busqué y encontré trabajo, encontré mi vocación, me enamoré, etc. Siempre como agrupado mariano, tratando de ser fiel a este asociación dentro de nuestra espiritualidad sodálite. Como agrupado es que vi partir a seres muy queridos (mi padre, mi amiga Roxana, Germán, etc.).
Más tarde vinieron otras responsabilidades en el mismo centro apostólico. Y llegó una nueva responsabilidad que decidí asumir: ser Encargado del MVC en una provincia. Asumí el MVC Huánuco. Ésta es una vivencia que estoy aprendiendo a manejar, pues para mí es todo un reto personal. Lo digo porque ser un líder apostólico requiere unas cualidades que yo poseo en poca medida, pero que me estoy esforzando por aumentar, junto a las que ya poseo más. Con la gracia de Dios estoy avanzando. Y con esto quiero decir que es una instancia para mí de muerte para la vida. Bendito sea Dios.
Es en ese contexto que hago mi tránsito a Nazaret, previo paso por Grupo de Novios. Obviamente hay otros detalles del entorno, pero sólo puedo mencionar los principales.
Cuando empiezo a asimilar que mi vida está cambiando, me pregunto: "¿seguiré siendo agrupado?", y me di cuenta de que no podría. Y no porque al casarse uno está obligado a ser Nazaret, de ninguna manera, sino porque:
- la instancia comunitaria de pareja se hacía indispensable para Karin y para mí, encontramos en ella una fuente hermosa de amistad en torno al Señor que respondía concretamente a nuestra nueva realidad.
- no había tiempo para dos reuniones de grupo a la semana, asumiendo que yo deseara seguir yendo a mis reuniones de agrupación.
Así que la decisión cayó sola: era tiempo de decirle Adiós a la agrupación y pasar a las filas de Familia de Nazaret.
Mis sensaciones eran más o menos: deseo de que todo siga igual (mis amigos, mi apostolado, mis horarios); pena por dejar de ser un pulmón; temor de desaparecer de la vida apostólica de nuestro Movimiento; poco afecto emotivo a Nazaret; etc. Y pienso que son sensaciones humanas muy naturales, pero no eran las mejores para alguien que quiere ser otro Cristo. Por eso me esfuerzo por colaborar con la gracia para que Karin y yo seamos unos miembros de Nazaret muy identificados con nuestro nuevo estado de vida y con esa asociación emevecista; ambos nos esforzamos por ser Nazarets santos. Entendemos que Dios nos ha traído amorosamente aquí, y que son nuevas luchas las que Él nos plantea. Entendemos que en Nazaret nos vamos a realizar con nuestros amigos (a quienes queremos muchísimo). Entendemos que nuestro apostolado cambiará de acuerdo a lo que Dios nos pida. (Por lo pronto, en este tema, yo me mantengo como Encargado de Huánuco, mientras se pueda; con el deseo de que, pase lo que pase, siempre haremos un apostolado activo, grande o pequeño, en nuestra Familia Sodálite.)
Después de 12 años como agrupado, la transición se está haciendo más llevadera, y el deseo de insertarnos plenamente en nuestra nueva asociación, es fuerte y hermoso. Benditos sean Dios y Santa María que nos regalan esta hermosa instancia. Que ellos nos bendigan siempre para ser siempre fieles y disponibles a su Plan.
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