miércoles, abril 20, 2005

04 - «Ya llegará» - Abril 2005

Desde hace un tiempo tengo una preocupación sobre una realidad concreta que veo en mi grupo de amistades emevecistas. Me refiero a que muchos y muchas de los que se descubren llamados a la santidad en el matrimonio ya bordean (o sobrepasaron) la “base 3”, y no tienen la pareja con la cual vivir tal vocación. El hecho genera en mí verdadero pesar, y eso me mueve a (entre otras cosas) ordenar mis ideas escribiéndolas.

Intentando encontrar luces para el tema de por qué mis amigos no viven la hermosa vocación al matrimonio, me quedo con dos ideas: hay factores coyunturales y circunstanciales, y hay un factor de actitud.

Debo empezar desde mi realidad: yo tuve la bendición de conocer joven a la mujercita que se convertiría en mi esposa, y eso es algo que siempre le agradeceré a Dios y a Santa María. Y lo que ella y yo vivimos desde entonces es tan hermoso que deseo que lo vivan también mis amigos más cercanos.

Pero como en todo, hay diferencias. No todos somos iguales, no todos vivimos lo mismo, no a todos nos suceden las mismas cosas.

Viendo más allá, encuentro que, además de diferencias, hay, sobre todo, verdades fundamentales que no podemos olvidar.

Y el eje sobre el que giran estas verdades es uno: vivir nuestra vocación no es una imposición que podemos postergar, sino una necesidad nuestra para realizarnos en plenitud. Es Plan de Dios.

Cuando uno ve algo como imposición u orden vertical desagradable, trata de postergar su cumplimiento. Quizás algunos hermanos y hermanas en el peregrinar entienden así el llamado a enamorarse y casarse. Alguno puede pensar que tuvo mala suerte al recibir esta vocación, pues implica salir al encuentro de personas del sexo opuesto y ponerse en juego. En fin ... criterios todos errados.

Digo por el contrario que nuestra vocación particular se convierte para nosotros en una necesidad (lo hemos escuchado y repetido tantas veces); se hace para nosotros necesario e impostergable vivirla. Viviéndola con generosidad vamos viendo cómo todo nuestro ser se sacia. Toda nuestra persona está orientada y estructurada para emprender el estado de vida para el que nacimos. El consagrado en su situación, y nosotros en la nuestra: mi cuerpo, mi psicología y mi espíritu están “programados” para vivir el amor cristiano en el matrimonio. Para mí, ésta es una idea-fuerza que debe estar siempre presente y viva en alguien que desea ser feliz.

Unido a esto va su complemento, que más bien es su raíz: Dios Amor es quien ha impreso en mí el llamado particular por el que seré santo. Es decir: no es un asunto meramente humano, racional, filosófico, plano, sino que la vida es así porque Dios (amoroso y sabio) ha querido darnos a sus hijos un camino peculiar por el cual desplegarnos. ¡Estoy llamado al matrimonio porque Dios sabe que ese camino es el mejor para mí!

Y otra idea que me parece clave, es que uno está en capacidad de responder a lo que Dios lo llama. El hermano consagrado tiene toda la estructura física e interior para responder a su vocación, incluyendo las exigencias de la obediencia, el celibato, etc. (miremos por ejemplo a Juan Pablo II y a nuestros hermanos y hermanas de la familia espiritual, que viven santamente su estado de vida). Los llamados al matrimonio tenemos todo lo que necesitamos para vivir tal llamado. ¿O es que Dios es loco y nos llama a algo que no podemos vivir? Bien sabemos que no; lo que yo creo que sucede es que solemos dudar de nuestras capacidades y de la providencia.

Me queda a mí claro que lo que descubramos como camino de realización debemos vivirlo hoy. Lo que está en juego es grande. De verdad que es grande. Pero lo que motiva esta reflexión son los diversos elementos mentales y espirituales que hacen que posterguemos en la práctica el hermoso proyecto de buscar a la pareja y vivir lo que, si Dios y nosotros queremos, terminará en el Altar.

Un primer punto que creo que se da, es el problema de la timidez. Se ha hablado y escrito mucho sobre esta característica de las personas; yo sólo quiero resaltar que la timidez no puede ser obstáculo para nuestro despliegue ni para la misión. Así, si a mí me cuesta hablarle a alguien del sexo opuesto, entablar amistad, diálogos, salidas, etc., eso no puede limitarme para vivir mi vocación. «Es que soy muy tímido(a)». ¿Y? ¡Hay que vencer ese problema! Para algunos es más fácil, pero todos debemos dar el salto, grande o pequeño, para conocer amigos(as) y relacionarnos sanamente.

Muy unido a la timidez está la poca valoración personal. «¿Qué puedo yo ofrecerle a un(a) chico(a), si soy o tengo tan poca cosa?» Me ha pasado (y me sigue pasando) eso por la cabeza, pero yo trato de retirar inmediatamente esa idea, pues recuerdo que yo valgo nada menos que la Sangre y la Resurrección del Señor. Él me hace valioso, ¿quién soy yo para quitarme ese valor? ¡Si soy hijo de Dios! Además, repaso mis características, mis virtudes, mis talentos, mi historia, y se hace más palpable para mí el valor que yo tengo. Lo que yo creo que hay en el fondo de esta excusa es simplemente miedo. Miedo a salir de uno mismo. Si se da el caso de que uno tiene pocos bienes materiales que ofrecerle a la chica o al chico (incluyo aquí una poca o nula formación superior, trabajo, etc.), eso no es motivo para no buscar a la pareja. Si el candidato o candidata tiene horizontes grandes, entonces la pobreza material no será para él o ella impedimento para entablar amistad o una relación formal. Más aun si él o ella ven en uno que se esfuerza por tener una vida cimentada en valores cristianos y coherente. Pasa a veces que somos nosotros quienes no nos aceptamos, y asumimos que los demás tampoco lo harán. ¡Mentira! Y recordemos que las mentiras vienen del príncipe de la mentira.

Otro argumento que he escuchado para no aceptar la posibilidad de una relación de enamorados con un(a) chico(a) es: «No me gusta mucho». Pienso aquí que hay que ser cuidadosos. Si bien el tema físico es importante en el inicio y el desarrollo de una relación, no es lo más importante. A mi amigo Julio le he escuchado decir algo que respaldo plenamente: «Hay 2 tipos de mujer en la vida de un hombre: la que uno sueña, y la que Dios le envía, y no siempre coinciden en la misma persona; a veces sí.» Si los varones vivimos esperando a que aparezca una Miss Perú dispuesta a casarse con nosotros, probablemente quedaremos solteros. Y lo mismo para las chicas. No estoy diciendo que “afanemos” o aceptemos a alguien que no nos gusta nada, ni que dejemos de lado el tema físico; lo que pienso y propongo es que no debemos hacer del tema físico el más importante; subordinémoslo al mundo interior de la otra persona, que suele esconder sorpresas realmente maravillosas.

Como todo en la vida cristiana, la vivencia de nuestra vocación exige esfuerzos proactivos de nuestra parte. La pereza puede ser mortal en este tema. Si por flojo(a) no salgo a buscar a la persona con la que formaré una familia, ¡qué tristeza!

No quiero dejar de mencionar una actitud femenina que me parece peligrosa: el esperar pasivamente a que llegue su príncipe azul. Ciertamente, el estereotipo es que el hombre “conquiste” a la mujer, es el hombre quien suele tomar la iniciativa. Pero, ¿por qué la chica no puede iniciar el acercamiento y el posterior enamoramiento? Claro, no hablo de que mis amigas deben convertirse en unas coquetonas, sino que con prudente valentía deben también poner medios adecuados para conocer y conquistar a quien creen que es el hombre con quien podrían llegar a algo serio. A veces eso nos ayuda a los varones a vencer miedos y timideces.

Finalmente, creo que en algunos casos (que son cada vez menos) la vocación al matrimonio es menos valorada que la vida consagrada. Pasa a veces que cuando un muchacho o una chica descubren que “van para” el matrimonio, sienten que esa vocación es inferior a una plena disponibilidad. ¡Y es mentira! Lo sabemos, pero hay que recordárnoslo y demostrarlo diariamente con hechos. A mí siempre me ha llamado la atención que cuando alguien quiere discernir llamado a la vida consagrada pone muchos medios y se exige bastante, pero cuando esa misma persona (no todos, claro) u otros disciernen para el matrimonio, aparece un sorprendente relajamiento. He visto también a la otra cara de la moneda: hermanos y hermanas que al descubrir su vocación matrimonial se lanzan “con zapatos y todo” a buscar a la pareja, a mejorar su profesión, y demás exigencias propias de un futuro esposo(a). La vocación a casarnos debe suscitarnos mucha emoción, que debe reflejarse en hechos visibles y coherentes.

En fin ... creo que debemos poner todo de nuestra parte para que el «Ya llegará» se realice pronto. Quizás ya llegó y está frente a las propias narices.


Termino repitiendo la idea inicial: esta reflexión nace de una preocupación y del deseo de que mis amigos vivan las maravillas que Dios me está permitiendo ya vivir a mí junto a mi Karin. Obviamente, son sólo mis ideas, nada más.

Dios nos bendiga a todos.


No hay comentarios.: