sábado, junio 24, 2006

05 - Dolor y Alegría: unidos y constantes - Junio 2006

No me cabe duda de que la vida toda es una pedagogía divina continua, en la que Dios Amor nos enseña a sus hijos y a la Creación toda cómo realizarnos, cómo vivir aquello para lo que existimos. Y esta pedagogía tiene muchos momentos silenciosos y tenues, cotidianos, y tiene situaciones fuertes y especiales. En todos los casos debemos tener las “antenas” del espíritu y de la razón muy atentas para entender qué nos está diciendo el Señor. Unas veces es más difícil que otras entender los designios amorosos de Dios, pero con la ayuda de Santa María podemos acercarnos a ellos, y a partir de ahí vivir mejor nuestra vida cristiana. Me parece muy importante, vital, tener siempre esa actitud.

Hace unas semanas mis familias* y yo hemos sido sacudidos por una ráfaga de acontecimientos y emociones muy intensos y de diversa naturaleza. Hechos que han remecido y siguen remeciendo nuestras vidas muy fuertemente. De ellos estamos aprendiendo muchas cosas. La constante es el dolor y la alegría, que siempre van uno junto a la otra; eso nos queda clarísimo.

Esta sucesión de hechos comienza con el tránsito de mi suegro. Dios lo llamó a su presencia, y nos sorprendió a todos, nos desgarró a todos. Don Benjamín estaba enfermo desde hacía meses, y su salud pasaba por picos altos y bajos, pero nadie esperaba que falleciera tan pronto, y lo que ello desencadenó ha sido abundante.

La mañana del Domingo Día del Padre me enteré de que mi suegro había sido llevado en ambulancia al hospital. Mi esposa estaba en su trabajo, y enterarse de eso la preocupó, y pidió permiso para ir a verlo. Yo la recogería para ir juntos. Un par de horas después recibí una llamada que me congeló: mi cuñada** me decía llorando como una niña que su papá había fallecido, y me colgó el teléfono. Momento dolorosísimo, ¿y cómo decírselo a mi Karin, estando ella gestando ya 8 meses, y sabiendo lo angustiada que estaba por su padre? Estando en el carro, a pocos minutos de llegar a su trabajo, ella me llama sollozando dándome la noticia que ya yo conocía y que se adelantaron en darle.

La encontré en su oficina rodeada por sus compañeros y sus jefes que trataban de consolarla. Al verme llegar nos dejaron solos, y le dije, conteniendo las lágrimas, lo que había ido ensayando en el carro. Creo que más efectiva que mis palabras fue la fortaleza que ella tiene, pues supo guardar siempre la compostura en medio del dolor.

Y empezó a mostrarse aquí algo que nos acompañaría siempre: la ternura de Dios expresada en la gente que nos rodea. El primer gesto de ternura que presenciamos fue la solidaridad de los compañeros de trabajo de Karin que le dieron todas las facilidades logísticas posibles: días de descanso, movilidad por cuenta de la empresa, etc., junto a muchas palabras y abrazos de consuelo.

Luego, en el hospital, siguieron las escenas de comprensible dolor, que se expresaron también en el velorio y en el sepelio. Pero junto a todo este dolor, yo buscaba expresiones de serena alegría, y las encontraba en algunos hechos:

- Dios Bueno se llevó a mi suegro un Domingo, Día de su Hijo, de su gloriosa resurrección.
- Dios Amor invitaba a Don Benjamín a pasar con Él el Día del Padre, poniendo así fin a sus sufrimientos y limitaciones.
- Los amigos de la familia se acercaban a toda hora a expresar su cercanía. También los compañeros de trabajo de Karin y Kenny, los compañeros de estudio de los tres hermanos, los vecinos de la familia. Y ni hablar de la Familia Espiritual Sodálite.
- En medio de todo, la familia se organizaba y unía para preparar unos funerales dignos.
- La paz y la esperanza iban esparciéndose en el ambiente.

El centro de mi atención en esos días era clarísimo: mi esposa embarazada. Tal como le conté después, yo hubiera querido tener una varita mágica, de ésas que usan los magos, para cambiar aquella realidad tan gris por una bonita, y transformar las lágrimas en sonrisas, pero la realidad es la realidad, y buscar negarla es absurdo. Y sólo la Fe que generosamente nos ha dado el Señor puede transformar el dolor en una experiencia de realización profunda. Me esforcé en acompañar a Karin en tan duro trance, y la vi mantenerse serena aunque destrozada interiormente. Desde entonces la admiro más, pues se esforzaba por impedir que el dolor del momento dañara a nuestra hija. La vi luchar, la vi caerse, la vi levantarse, la he visto ganarle a la tristeza (sin rehuirle). En fin ... Dios me concedió ver a mi esposa luchar y ganar esas batallas.

Reflexionando más adelante en la pregunta que San Pablo le hace a la Muerte, «¿En dónde está tu victoria?», creo que su triunfo podría estar en el dolor estéril y desconsolado que puede generar en los deudos de un fallecido. Pienso que si ante el tránsito de un ser querido una persona se deja abatir por el dolor, la muerte puede tener un triunfo eterno en esa persona. Pero ojo: ¡ya el Señor Jesús le ganó a la muerte! Ésta ha sido transformada de raíz, y sabemos ahora que hemos nacido para la vida, pero para la vida ETERNA. El Señor ha ganado para nosotros la guerra: ya no hay más muerte eterna. El pecado y la peor de sus consecuencias ya han sido vencidos, y a mí me parece importantísimo que todos hagamos todo lo posible para merecer la eternidad, y que cuando fallezca un ser querido, le ganemos al dolor con la confianza y la esperanza de saber que podemos encontrarnos en la eternidad gracias al Triunfo del Señor Jesús, que debemos hacer nuestro día a día.

Debo reconocer que, aunque lo mejor que podía hacer yo en esos momentos era ser instancia de fortaleza, serenidad, y visión sobrenatural para Karin y Kenny, verlas sufrir me desgarraba el corazón. En algunos momentos las dos lloraban a mi lado, y mi experiencia de dolor era enorme, pero no podía yo permitirme quebrarme. No por soberbia (eso de “los hombres no lloran” bien sabemos que carece de todo sentido) sino porque era lo mejor para ellas. Me sorprendí de haber conservado la cordura. Repito: verlas llorar me deshacía.

Los ajetreos logísticos de un acontecimiento de esta naturaleza son fuertes y eran motivo de más desgaste, pero ahí estaban Dios y Santa María ayudándonos a través de los familiares y amigos.

Gran alegría significó también para mí poder haber sido instrumento de la bondad de Dios para conseguir al sacerdote que celebró la Misa de Cuerpo Presente. Como dije, la ternura del Padre y la intercesión de la Madre se sentían en todo el ambiente.

Finalmente, comparto que le estoy muy agradecido a Dios Bueno, a la Madre, y a todos mis amigos por haberme dado el soporte que yo necesitaba para ayudar a mi familia política. Constaté que cuando me lo propongo puedo vivir y transmitir mucha fortaleza. Bendito sea Dios por haberme permitido aliviar en algo a la familia que él puso en mi camino, especialmente a Kenny (además de mi Karin, obviamente). Espero poder estar ahí cuando sea necesario.

(Creo que es innecesario detallar las escenas de dolor vividas en el velorio, en el sepelio, en la casa, etc. Eso quedará en nuestros recuerdos, no en este texto.)

Las naturales consecuencias de este tránsito se fueron mostrando a lo largo de los días, pero felizmente hemos ido saliendo de la crisis con resultados positivos de acercamiento al Señor y de unidad familiar, entre otros.

Luego, tan sólo 15 días después, llegó un acontecimiento diametralmente opuesto: el nacimiento de Daniela, nuestra esperada hija.

Desde que se difundió la noticia de la existencia de Danielita en el vientre de Karin, la atención de todos se centró en ella. Y la bondad del Señor se mostraba en los gestos de alegría y comunión de familiares y amigos. A mí me ha llamado mucho la atención el amor que le tienen muchas chicas emevecistas de nuestro Centro a mi Karin; cómo se alegran al verla, al hablarle, cómo se preocupan por la pequeñita, cómo se esmeran por atenderlas a ambas, etc.

Faltando poco para la fecha probable de parto se hicieron los tradicionales baby showers, uno en el trabajo de Karin y otro en casa de sus tías. El primero fue, a mi parecer, apoteósico, por los regalos, la organización, la gente, etc. El segundo fue austero y sobrio, pues la familia venía golpeada anímica y económicamente por el acontecimiento anterior, pero la unión y la solidaridad eran abundantes.

El nacimiento fue todo un acontecimiento. Cuántas visitas a la clínica, cuántos abrazos, cuántas visitas a casa, cuántas oraciones, cuántos regalos, etc. Los agrupados y agrupadas se pasaban por email la foto de nuestra recién nacida, en fin ... El ambiente se llenó de profunda alegría. Inclusive las amigas emevecistas les organizaron a madre e hija un tercer baby shower, lleno de alegría.

Repito que el ambiente se llenó de gozo. Daniela con su ternura, su carita, sus cachetes, ..., su vida en realidad, se robó el corazón y las atenciones de todos. Claro: la pena y el dolor por la ausencia de Don Benjamín estaban ahí, pero Dios había ido dándoles otra forma, más serena, esperanzada, y cristiana.

Daniela con su crecimiento diario nos inundaba de alegrías y sorpresas. Y también de quehaceres domésticos. Quiero resaltar la enorme ayuda anímica, logística y espiritual que significó para estos nuevos padres la presencia de dos personas en particular: Kenny y Mariela. Y las destaco no porque hayan sido las únicas en ayudar (me faltaría espacio para detallar las muy grandes ayudas de muchísimos, a quienes les debemos tanto), sino porque nos conmovieron con unos gestos en particular. Por ejemplo: la noche previa a salir de alta de la clínica se quedaron hasta la madrugada en nuestro departamento limpiándolo con mucho esmero y armando la cunita de la pequeña. Y detalles como ésos hay varios. Y siempre con alegría y desinterés. ¡La tristeza había sido aplastada!

Con el tiempo he ido viendo cómo la familia que Don Benjamín formó se ha hecho más sólida. Veo a todos sus miembros más maduros y fuertes. Incluso los veo más convertidos. Creo que Santa María ha forjado en sus corazones un amor fuerte y estable hacia el Dulce Jesús, pero, por supuesto, aún les falta mucho camino por recorrer (aunque no tanto como a mí).

Todas éstas son experiencias que atesoraremos en nuestras mentes y corazones.

Una de las cosas que me quedan claras con todo esto es que Dios sabe lo que hace. No es casualidad que al dolor tan grande del fallecimiento de mi suegro le siga muy pronto el nacimiento de nuestra primera hija. Si hasta los no creyentes o alejados de Dios se maravillan ante lo que ellos llaman “casualidad”, ¡cómo no regocijarnos nosotros en la ternura de Dios! La vida será siempre más alegre que la muerte. La vida siempre triunfa ante la muerte, la alegría ante el dolor.

El Creador en su pedagogía nos pone juntos al dolor y a la alegría***. No puede haber vida verdadera y eterna sin muerte; no hay Domingo de Resurrección sin Viernes Santo. Es absurdo huirle al sufrimiento; el Señor Jesús lo asumió y lo transformó, lo santificó. Es bueno sufrir, siempre y cuando sea de manera cristiana, ofreciendo nuestros pesares por amor a Jesús y a los hermanos. Y Dios en su sabiduría trocará nuestros dolores en alegrías enormes, ¡¿qué duda cabe?! El mundo le huye al dolor, ¡pobres! No saben lo valiosa y necesaria que es la cruz para nosotros, los seguidores del Resucitado.

Repito: Dios sabe lo que hace, y nosotros debemos buscar entender lo mejor posible qué es lo que Él hace para nosotros, y qué quiere de nosotros. Ahí está la respuesta a nuestras preguntas y anhelos. Ahí está la alegría. ¿Cómo vivir sin preguntarle a Dios para qué vivimos? ¿Cómo navegar sin brújula? Éstas son realidades que debemos vivir y transmitir a muchos para que se acerquen al Reconciliador. Y asumamos con visión de fe lo que nos toque sufrir. Que Él nos ayude a ser más santos.

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* Cuando hablo de mis familias me refiero a dos: una es la que hemos formado Karin y yo al casarnos, incluyendo a nuestros parientes, unidos todos con lazos de sangre; y otra es la que ambos hemos formado con lazos espirituales entre nuestros amigos.
** Mi cuñada no es una pariente o una amiga más. Se ha convertido más bien en la hermana menor que biológicamente no tengo. Mi preocupación por su bienestar y felicidad es muy grande. Sus alegrías y sus tristezas son también mías. Bien podría yo escribir un artículo grande sobre ella (y quizás lo haga).
*** Luis Fernando ha publicado unas reflexiones muy útiles y hermosas sobre el tema: Alegría y Dolor. Reflexiones de Viernes Santo. También Germán lo aborda en un libro de publicación póstuma: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? Ambos imprescindibles.


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